Este Búho a veces encuentra en pequeñas notas de portales web o rinconcitos de los diarios algunas noticias que llaman mi atención y me hacen volar la imaginación. Una nota de diez líneas en una tabloide popular dice así: ‘Médico alemán condenado a cadena perpetua por el asesinato de quince pacientes y sospechoso de más casos’.
Esta mente maligna es un médico de 41 años, identificado únicamente como Johanes M, que estaba especializado en cuidados paliativos y un tribunal de Berlín lo declaró culpable del asesinato de doce mujeres y tres hombres entre setiembre de 2021 y julio de 2024. Esto sería solo la punta del iceberg, pues la fiscalía investiga decenas de otros incidentes relacionados con el médico.
Sus víctimas tenían entre 25 y 94 años y, si bien padecían enfermedades graves, sus fallecimientos no eran inminentes. Durante las visitas a sus domicilios, el criminal les administró una combinación letal sin el consentimiento de los pacientes. Casi en todo el juicio el acusado se mantuvo mudo, solo dijo que lo hizo para ‘evitarles el sufrimiento’.
Recuerdo que leí hace años que en la desaparecida Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) sus habitantes tenían miedo de salir a la calle, sobre todo en la ciudad de Rostov, Ucrania, en ese tiempo anexada a la URSS. Allá, en 1978, fue encontrado el cuerpo de una niñita de nueve años, asesinada brutalmente a cuchillazos. La pequeña había sido violada, le habían sacado los ojos y cercenado partes del cuerpo. Las autoridades comunistas no hallaron a ningún sospechoso.
Dos años después, en esa ciudad, comenzaron a aparecer más cuerpos de muchachas de 17 años y de jóvenes veinteañeras. Todas acuchilladas y sin ojos. Era evidente que se encontraban ante un asesino en serie. Sin embargo, las autoridades políticas del Partido Comunista se negaron a proceder con la captura de este homicida, pues señalaban que ese tipo de criminales, como el norteamericano Ted Bundy, solo los engendraba el sistema capitalista, y como la Unión Soviética era un paraíso donde reinaba la igualdad, era imposible que surgiera un monstruo que matara por el simple placer de matar.
Pero sí existía y actuaba con total impunidad. Se llamaba Andréi Chikatilo, ucraniano de nacimiento, quien confesó que cometió al menos 56 crímenes. Se le conocía como ‘El carnicero de Rostov’. Nació el 16 de octubre de 1936 y vivió una infancia y adolescencia desdichadas.
Era miope, de muchacho nunca pudo consumar una relación sexual porque era eyaculador precoz y sufría de disfunción eréctil. Pese a ello, logró casarse y tener dos hijos. Se graduó de profesor y por ser miope era la burla de sus alumnos, lo que acrecentó sus resentimientos y a la vez sus deseos lujuriosos por sus alumnos. Así, fue separado de la enseñanza por ‘tocamientos indebidos a las alumnas’, pero como era miembro del Partido Comunista lo ‘reasignaron’ a una fábrica donde trabajaba como funcionario. Sus constantes viajes facilitaban su labor depredadora. En setiembre de 1981, mientras laboraba en la fábrica, asesinó por segunda vez.
La víctima fue Larisa Tkachenko, una meretriz de 17 años que se burló de él al ver que no pudo tener una erección en el momento en que iban a sostener relaciones sexuales. Enfurecido por la actitud de su acompañante, la golpeó y estranguló.
Totalmente fuera de sí, le cortó los senos y terminó comiéndose los pezones, al mismo estilo del doctor Hannibal Lecter de ‘El silencio de los inocentes’. Para el momento en que fue arrestado ya había asesinado a 38 personas. No quiso admitir sus crímenes y fue un especialista quien lo persuadió de que hable, prometiéndole que terminaría en un sanatorio y no en una prisión.
Su juicio fue un escándalo mundial y dejó muy mal parada a la Unión Soviética, y su falsa ‘sociedad’ pretendía que lo declararan inimputable al señalar que sufría de graves trastornos mentales. En 1991 se dio a conocer la conclusión de que Chikatilo estaba ‘legalmente cuerdo’. Así, el juicio del asesino serial se inició en abril de 1992 y concluyó en octubre de ese mismo año, con una resolución inapelable: la pena de muerte. Una noche los guardianes de la prisión de Rostov irrumpieron en su celda y lo acabaron a tiros, como la ‘bestia’ que era. Apago el televisor.
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