Este Búho se conmovió al enterarse de que falleció el alucinante y admirado escritor estadounidense de novelas, cuentos, ensayos, poesía, teatro y guionista de cine, Paul Auster, en su casa de Brooklyn, a los 77 años, víctima de un maldito cáncer al pul-Jersey en 1947. Escuché de sus ensayos y primeras obras cuando estaba en San Marcos. En ese entonces, con mi mancha de ‘lagartazos’ del patio de Letras, leíamos a los escritores estadounidenses casi a escondidas, porque a inicios de los ochenta, cuando éramos cachimbos, los radicales de izquierda maoísta controlaban la Federación de Estudiantes y tenían una lista de autores vetados, sobre todo norteamericanos, ingleses, españoles, polacos y peruanos como Vargas Llosa, y solo valoraban a los soviéticos y chinos comprometidos con el comunismo.

En el 2005 le otorgaron el premio Príncipe de Asturias’y entendi que los galardones literarios sirven para dar a conocer a la gran masa de lectores notables que estaban escondidos injustamente, sobre todo para los lectores hispanos que esperábamos las traducciones con la paciencia de Penélope de Ulises. Tengo que decirles que Auster tiene en la teoría del azar, el elemento que hace girar el mundo de los seres humanos y, desde esa perspectiva, el premio pudo ser para cualquiera, pero a mí me llevó a leer su obra. A partir de ese momento busqué sus libros por librerías donde antes era caserito por las obras de Charles Bukowskio Raymond Carver, de la siempre bien provista editorial Anagrama.

Allí encontré obras del desaparecido maestro de Brooklyn, cuya temática ponía énfasis determinante en el destino, como si se tratara de un juego de dados. Me impresionaron algunos títulos como ‘El libro de las ilusiones’ (2002), ‘Brooklyn FoIlles’ (2005), ‘Diario de Invierno’ (No ficción, 2012), ‘La música de azar’ (1990)o ‘Levlatán’ (1992), pero sobre todo su épica y la más célebre de sus obras: ‘La trilogía de Nueva York’ (1985-1986). Cuando llegó a mis manos habrían pasado más de dos décadas de haberse publicado. Dicho volumen recogía tres novelas cortas. La primera se titulaba ‘Ciudad de cristal. El argumento es alucinante y, como siempre, el azar tiene que ver en la determinación y el desarrollo de los acontecimientos en que los hombres son una suerte de marionetas. Un tipo recibe una llamada equivocada de alguien que está buscando a un detective privado de una agencia.

David Quinn, cansado de recibir tantas llamadas que no son para él, decide aceptar y decir que sí, que él es el hombre que buscan. A partir de ahi se desarrollan sucesos impredecibles. Todos saben que el personaje está inspirado en el propio autor y que a él, efectivamente, le sucedió algo parecido en la vida real. La novela es más que un thriller. Al final es solo un juego artificioso. No por nada Paul Auster consigna a Miguel de Cervantes y su ‘Don Quijote de la Mancha’ como el autor y el libro que más lo han influenciado.

David Quinn, su alter ego, es como el Quijote derribando molinos de viento. Solo que si Cervantes inició la novela clásica moderna en la literatura universal, el de Nueva jersey. Según sus críticos, introdujo al lector en el mundo de la novela posmoderna. El segundo relato de la trilogía se titula ‘Fantasmas. Otro detective privado es el protagonista, que recibe el encargo de vigilar a un hombre que nuncaha- cenada. Los elementos kalkianos son identificables en este relato y están impregnados de guiños al histórico escritor checo, autor de ‘La metamorfosis’. Franz Kafka fue otro de sus paradigmas. Por último, la tercera y última novela de la trilogia es ‘La habitación cerrada’. Un hombre se entera de que su amigo de infancia ha desaparecido.

El azar lo lleva a enfrentarse con sus propios fantasmas, mientras trata de encontrarlo con los ineludibles y atrapantes recuerdos del pasado. El protagonista piensa que la melancolía y la soledad son el obligatorio ‘precio que hay que pagar para salir del hoyo y ver lo brillante del día. A quién le puede extrañar que la literatura de este escritor sea un ejercicio sobre las casualidades. “No son mis libros, sino que todo en la vida es fruto del azar. Es fascinante pensar, por ejemplo, ¿dónde se conocieron tus padres? Es la suerte. Si ellos no se hubieran encontrado, tú no estarías en Brooklyn. ¿No es una historia extraña? Se encontraron por azar, no lo dudes, y ahora estás sentado enfrente de mí”, reflexionaba cuando consolidaba su obra en los ochenta.

Me parece que fue un hombre adelantado a nuestro tiempo con la paradoja de que a su vez era el más anticuado, pues renunció a las tecnologías, no escribía sus novelas en computadoras, sino en las viejas máquinas mecánicas. Y decía sentirse feliz botando las carillas al tacho a la hora de la corrección. Se va otro genio de la última gran generación de escritores norteamericanos. Descanse en paz, maestro. Apago el televisor.

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