Tras la multiplicación de los panes y los peces para alimentar a cinco mil personas que lo seguían, Jesús envió a sus discípulos en una barca a cruzar el mar de Galilea hacia Betsaida o Cafarnaúm, mientras él se quedaba solo para orar.
Según los evangelios de Mateo (14:22-33), Marcos (6:45-52) y Juan (6:16-21), la pequeña embarcación era azotada por fuertes vientos y olas, mientras los discípulos agotados remaban contra la corriente.
Cuando todo se veía mal, Jesús se acercó a la barca caminando sobre el mar.
Al verlo, los discípulos se aterrorizaron al pensar que veían un fantasma, a lo que el Mesías exclamó: “Tened ánimo; yo soy, no temáis”.
Según el relato bíblico, el apóstol Pedro pidió una prueba a Jesús y le dijo: “Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas”.
Luego, Pedro bajó de la barca y caminó sobre las aguas hacia Jesús, pero al sentir el viento fuerte, tiene miedo, comienza a hundirse y grita: “¡Señor, sálvame!”. Y Jesús lo tomó de la mano y le reprochó su poca fe: “¡Oh hombre de poca fe!, ¿por qué dudaste?”.
Más allá de confirmar el poder del Hijo de Dios sobre la naturaleza, este pasaje bíblico muestra la importancia de la fe y de la confianza en Jesús, quien incluso en medio de las adversidades está con todos.
En otra historia, que algunos confunden con la de Jesús caminando sobre las aguas, el Hijo de Dios ordena a las aguas y los vientos que se calmen. Según Mateo 8, Marcos 4 y Lucas 8, Jesús dormía en una barca durante una tormenta. Los discípulos lo despiertan asustados y él se levanta y reprende al viento y al mar y les dice: “¡Calla, enmudece!”. Y todo fue tranquilidad. Después, Jesús preguntó a sus discípulos por qué tenían tanto miedo y dónde estaba su fe.
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