
La muerte de Manolo Rojas cayó como un baldazo de agua fría. Nadie lo esperaba. Nadie lo veía venir. Mientras el país aún intenta procesar la noticia, su familia empieza a armar el rompecabezas de sus últimas horas, esas que —según cuentan— transcurrieron con total normalidad, como cualquier otro día.
El primero en hablar fue su hermano, Jaime Rojas, quien, con la voz cargada de incredulidad, reconstruyó lo ocurrido. No hay giros dramáticos previos ni señales de alerta. Solo un desenlace abrupto que dejó a todos descolocados.

El momento más duro lo vivió su propio hijo. Fue él quien lo encontró. La escena quedó grabada en la memoria familiar como el inicio de esta tragedia inesperada. “Su hijo vino y lo encontró ahí en la puerta, allá, en el suelo, que le había dado un infarto”, relató en entrevista con RPP.
Horas antes, todo parecía estar en orden. Manolo había cumplido su rutina sin sobresaltos. Había ido al gimnasio, seguido su dieta y asistido a su programa radial como de costumbre. “Pero él estaba normal”, insistió su hermano, aún sorprendido por lo ocurrido.
“Iba todos los días al gimnasio, su dieta, tranquilo. Y ha ido a la radio normal. Si ha venido de las siete de la noche, su hijo ha venido y lo ha encontrado ya en el suelo, que le había dado un infarto”, afirmó.
TODO PARECÍA NORMAL
Ese detalle es, quizá, el que más golpea a sus cercanos. No hubo aviso. No hubo síntoma. Nada que hiciera pensar en un desenlace fatal. “No, todo bien. Todo, todo el día, todo bien. Tranquilo, todo. Almorzó, todo, y de ahí se ha ido a la radio a trabajar, tranquilo”, contó Jaime.
El comediante mantuvo su ritmo habitual hasta el final. Trabajó, cumplió con sus responsabilidades y regresó a casa como cualquier otro día. Nadie imaginó que esas serían sus últimas horas.
Mientras tanto, su hijo intentaba comunicarse con él sin éxito. Las llamadas se acumulaban sin respuesta. “Ha estado ‘llame y llame’, y no le contestaba”, recordó su hermano.
La desesperación creció con cada intento fallido. Hasta que decidió ir a buscarlo. Y entonces ocurrió el hallazgo que cambiaría todo: lo encontró en la puerta, tendido en el suelo.
Una vecina que pasaba por el lugar advirtió la situación y dio aviso inmediato. “Pasó una señora y ha llamado a serenazgo y se llenó de policías”, relató Jaime, describiendo el momento en que la tranquilidad del lugar se rompió.
En cuestión de minutos, la zona quedó rodeada. Serenazgo y efectivos policiales llegaron para realizar las diligencias correspondientes. “Han llamado a serenazgo, llamó a la policía y ya se llenó de policías”, explicó.
Mientras afuera se desplegaba el operativo, dentro de la vivienda el dolor se vivía en silencio. Su esposa, sus hijos y sus hermanos permanecían juntos, intentando asimilar la pérdida. “Están todos adentro”, dijo Jaime, retratando ese momento íntimo y desgarrador.

ENTIERRO EN HUARAL
En medio de los preparativos para su despedida, surgió un detalle que ahora cobra un peso especial. Manolo Rojas había expresado en vida su deseo de ser enterrado en Huaral. “Mi sobrino dice en Lima, pero él ha querido Huaral”, contó su hermano.
Incluso recordó una frase que hoy resuena con fuerza: “De repente con mi papá me entierro”. Sin embargo, la decisión final quedará en manos de su esposa e hijos.
La relación entre Jaime y Manolo iba más allá de lo familiar. Durante más de tres décadas trabajaron juntos. “Yo siempre lo he acompañado, manejando para todos lados”, recordó. Una vida compartida entre escenarios, viajes y proyectos.
“Más de treinta años manejando su carrito”, agregó, evidenciando una cercanía que hoy se transforma en ausencia.

Al hablar de su legado, su hermano no dudó. “Como una persona humilde y uno de los buenos artistas que ha tenido el Perú”, dijo, dejando claro cómo quiere que sea recordado.
La noticia también golpeó al mundo artístico. Fernando Armas evocó uno de sus últimos encuentros: “Con mucha vitalidad, con mucho humor, con mucha alegría… riéndonos y despidiéndonos con un abrazo”.
Hasta la vivienda también llegó Ernesto Pimentel, visiblemente afectado, aunque prefirió guardar silencio. Afuera, el país empezaba a despedirse. Adentro, una familia intentaba entender cómo, en cuestión de horas, todo cambió para siempre.











