(Difusión)
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A le inquietaba exponer algo tan íntimo como su primer poemario, “Nunca de mí tu espejismo” (Dendro, 2025): no tanto la publicación en sí, sino la mirada ajena o los posibles juicios de familiares y amigos. Sin embargo, el proceso fue muy distinto a lo que imaginaba: lejos de los prejuicios, encontró compañía y afecto.

Además de dirigir la cuenta de Instagram @leer.es.bonito, una comunidad digital desde la que comparte recomendaciones, reflexiones y conversaciones en torno a los libros, y de desempeñarse como directora de Marketing y Comunicaciones en la Editorial Planeta, también escribe poesía.

“Nunca de mí tu espejismo” se construye como un recorrido íntimo por la herida, el cuerpo y los vínculos atravesados por el poder, pero sobre todo como una afirmación identitaria: una restitución del yo frente a los espejismos impuestos por la mirada ajena. Más que un libro sobre el amor o el desamor, Silman propone una exploración emocional que desemboca en el regreso al centro o en la recuperación de una voz propia.

Quiero comenzar con el tema de “Quimera” y “Cicatriz”, el hecho de que el libro esté dividido en estas dos partes. Para mí, el poemario parte desde la herida y el espejismo. Si hubieras invertido el orden, ¿crees que cambiaba el sentido del poemario?

Para serte honesta, la estructura la encontré en el proceso de edición. Nunca me interesó que tuviera una progresión clásica. Los poemas nacen de experiencias de ruptura interna que he tenido en distintos momentos de mi vida, y esas experiencias han sido fragmentarias o me han fragmentado. Yo quería que la forma del libro respondiera a eso.

Por eso la estructura del poemario no tiene una secuencia ni una lógica temporal, sino más bien emocional. A veces, en retrospectiva, pienso que quizá hubiera sido más lineal invertir el orden, pero la idea no era contar una historia ni reproducir escenas. Creo que está bien como quedó. Finalmente, el lector se apropia del poemario y lo leerá como quiera.

Me llamó la atención que el poema “Primer espejismo” esté al inicio, mientras que “Segundo espejismo” esté en la última página.

Fue una decisión muy consciente. Esos dos poemas no tenían título al comienzo, pero sentí que uno hablaba de un momento de hundimiento, de desesperación, y el otro de un regreso al centro de esta mujer que se ha desplazado de eje, que es lo que yo sentí que me pasó. El poema final lo siento como un corchete que engloba todo el sentido de la experiencia. Hacia el final hay una restitución del yo.

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Cuando escribes: “nunca de mí tu espejismo/ nunca más la herida convertida/ en tu rostro marcado/ soy cuerpo que respira/ soy voz que retorna/ soy luz que neutraliza/ el monstruo que te habita”, lo leo como un alivio. Como si todo descendiera.

Sí. Ahí traté de explorar algo que entendí con la lectura de “El consentimiento” de Vanessa Springora. Ella desmonta el mito del escritor brillante y muestra una relación desigual de poder que vivió cuando era adolescente con Gabriel Matzneff.

Sin equiparar historias, yo también he pasado por vínculos desiguales de poder. Son relaciones que no empiezan siendo agresivas, sino que se instalan progresivamente: primero la alabanza, luego la desestabilización y, al final, el control. Empiezas a dudar de tu criterio y de tu visión de la realidad.

Ahí es cuando siento que pierdo mi centro. La narrativa que tengo de mí misma deja de ser real y responde a lo que el otro quiere que yo crea de mí. Cuando salgo de eso, con ayuda profesional también, escribo ese poema como una afirmación: nunca más voy a ser eso que tú quieres que yo sea.

En el poemario también hay un tema de posesión. ¿Te interesaba explorar ese límite entre amor y posesión?

Sí. En estos vínculos tóxicos hay una búsqueda desesperada de refugio en la mirada del otro. Hay una necesidad de aceptación que puede leerse como posesión. Pero lo que más me interesaba era explorar las relaciones ambiguas: aquellas que parecen sanas, pero donde hay una amenaza latente.

Pienso, por ejemplo, en Delmira Agustini, que explora el deseo como un territorio peligroso. No necesariamente malo, pero sí riesgoso. Ese deseo de poseer puede llevarte al peligro.

¿Qué lugar ocupa el cuerpo en “Nunca de mí tu espejismo”?

El cuerpo es el principal territorio donde nos suceden las cosas. Es el archivo de todo lo vivido. La memoria puede fallar o tergiversar, pero el cuerpo no. En algún momento habla: desde lo físico o lo emocional.

Por eso escribo desde el cuerpo. Es ahí donde quedó administrado todo lo que me ha sucedido. Gracias al cuerpo he podido racionalizar y entender lo que viví.

Hay un poema en el libro, “En esta banca”, que me recordó a María Emilia Cornejo. ¿Querías explorar el eros poético?

María Emilia Cornejo me encanta. Tiene una frontalidad emocional admirable y escribe el deseo sin pedir permiso. La leía mientras escribía, así que es imposible que no se haya filtrado algo.

Pero no escribí con un objetivo claro. Yo escribo desde el desborde emocional: dolor, ruptura y pena. Después, en el proceso de edición, aparece la contención y la depuración. Ahí empiezan las decisiones estéticas.

¿Desde cuándo escribes poesía?

He estado peleada con la poesía muchos años. La veía como un género muy alturado. Pensaba que había que entenderla, cuando en realidad va de sentir. Soy más lectora de narrativa. Siempre he escrito cuando me sentía mal, pero nunca pensé hacer un poemario. Cuando intenté contar mi historia en narrativa, no pude. La poesía apareció casi como un milagro.

Mi primera lectora fue Alessandra Pinasco, que me dijo que eso tenía que ser un libro. Luego hablé con Fran, editor de Dendro, y ha sido vital en este proceso.

Si tuvieras que definir el libro en una idea, ¿cuál sería?

El regreso a mi centro. Lo escribí primero para comprender. No creo que la literatura sane; escribir no es un tratamiento médico. El daño queda. Pero sí ordena. Me ayudó a entender que la narrativa que hoy tengo de mí es la que quiero y la que es real. Hay quienes creen que va del amor o del desamor. Para mí va de la identidad, de no permitirme ser nunca más alguien que no soy.

La dedicatoria a tu esposo es muy fuerte y bonita, a la vez.

Tenía miedo de que se leyera demasiado romántica. Pero todo lo que está en el libro él lo ha acompañado con dignidad y fortaleza. Ha sido mi sostén. Sentí que debía poner su nombre completo. Quizá ese sea el único texto que realmente va del amor.

¿Te dio miedo publicar el poemario?

Muchísimo. Expones miedos profundos y experiencias muy íntimas, incluso familiares. Me sentía abrumada, pero la gente que quiero me acompañó. Y eso también forma parte de la travesía.

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