Keiko Fujimori. (Foto: Fuerza Popular)
Keiko Fujimori. (Foto: Fuerza Popular)

A de 51 años, le tocó la gran oportunidad de su vida: a partir del 28 de julio dirigirá los rumbos del país. Todos, por cierto, esperamos que termine su mandato de cinco años. Sobre ella se están tejiendo toda clase de especulaciones de cómo sería su gobierno, desde autoritario y vengativo, hasta sobresaliente, que traerá inversión, orden y prosperidad para el país.

El paso del tiempo lo dirá. Lo que sí hay que reconocer son sus virtudes y defectos que ha mostrado a partir del año 2000 cuando su padre, el expresidente Alberto Fujimori, renunció desde Japón. Con todas las denuncias de corrupción y violación de derechos humanos que hubo en contra del gobierno de su progenitor, bien pudo salir del país y hacer una nueva vida en el extranjero. Contra ella, en ese momento, no había denuncia alguna.

Keiko, sin embargo, se quedó aquí. Tomó las riendas de su partido, lo fortaleció, hizo crecer al fujimorismo y estuvo tres veces a punto de lograr la Presidencia. Toda una proeza política, pues otros partidos históricos desaparecían y se desgastaban, como el Apra y Acción Popular.

La gran oportunidad de gobernar, sin haber ganado la Presidencia, la tuvo el año 2016 cuando perdió ante Pedro Pablo Kuczynski (PPK), aunque logró una poderosa bancada de 73 congresistas. Pero a lo único que se dedicó fue a destruir al gobierno de PPK, que fue obligado a renunciar. Ese fue el punto de partida de la inestabilidad política que, desde ese entonces, vivimos los peruanos y que nos ha llevado a tener ocho presidentes en diez años. Algo jamás visto en un país democrático.

Keiko Fujimori ha tenido la entereza de reconocer ese error y afirmar que se equivocó. En los últimos cinco años se la ha acusado de ser la jefa del ‘pacto mafioso’ que ha gobernado el país. Este sencillo columnista no comparte tal sindicación. Para empezar, si hubiera tenido ese poder, no habría sido enviada a prisión injustamente en tres oportunidades.

El progresismo le atribuye ser la autora de los cambios radicales que, a través del Congreso, han habido en el Ministerio Público, el Tribunal Constitucional y la Junta Nacional de Justicia. Aquello, sin embargo, contó con la aprobación de todos los sectores políticos. Ella apenas tenía 21 congresistas.

Los cambios, además, eran necesarios. Durante décadas enteras el izquierdismo controló a su antojo esos organismos y politizó escandalosamente la justicia. Ahora, los representantes de ese sector ideologizado protestan y crean narrativas (nadie les gana en eso) porque perdieron ese poder y amenazan con enfrentar, desde el primer día, a la fujimorista.

Keiko Fujimori no tendrá luna de miel, el país está polarizado. Deberá formar un gabinete de notables y designar en los puestos de línea a técnicos destacados con harto perfil profesional, y olvidarse de las cuotas partidarias, el amiguismo político o de rencores del pasado.

“Que Dios me ayude”, suelen decir los presidentes de Estados Unidos cuando asumen su mandato. Keiko debería implorar lo mismo. Nos vemos el otro martes.

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