¡Fue directo a la trampa! El asesinato del cirujano plástico Carlos Antonio Mendo Castillo, ocurrido el pasado 23 de febrero en la avenida Ramiro Prialé, impactando a toda la comunidad de médicos. Él iba acompañado de su asistente, el venezolano José Espín González, sin imaginar que él fue quien planeó el brutal asesinato.
Las primeras diligencias de la Policía Nacional del Perú reconstruyen una escena marcada por la violencia y la sorpresa. Carlos Mendo Castillo acababa de salir de una clínica en San Isidro, donde se había sometido a una rinoplastia, y se desplazaba a bordo de su automóvil negro sin imaginar que el trayecto se convertiría en el último.
A la altura del kilómetro cinco de la Avenida Ramiro Prialé, el tránsito cotidiano se quebró abruptamente: dos sujetos, desplazándose en una motocicleta, le cerraron el paso y lo interceptaron en cuestión de segundos. Según los indicios preliminares, los atacantes habrían intentado arrebatarle el teléfono celular.
Sin embargo, la resistencia de la víctima cambió el curso de los hechos. Lo que comenzó como un aparente robo al paso escaló de manera fulminante hasta convertirse en un ataque directo, dejando tras de sí una escena que hoy es materia de investigación policial y que vuelve a poner en evidencia la crudeza de la inseguridad en las carreteras de la capital.
La confesión del crimen que acabó con la vida del cirujano Carlos Mendo Castillo ha revelado detalles escalofriantes. José Miguel Espín González, su asistente y amigo cercano, admitió haber planificado el asesinato con el objetivo de quedarse con su dinero.
El 23 de febrero, el médico de 37 años fue asesinado en la carretera Ramiro Prialé. Sin embargo, la investigación ha determinado que todo comenzó días antes, cuando Espín se reunió con John Enderson Arnaldo Jaspe Rivas, el sicario que ejecutó el ataque.
Según imágenes de seguridad obtenidas por las autoridades, el 19 de febrero Espín González entregó un sobre con dinero al sicario. En su confesión, detalló que ese día realizó un primer pago de 3 mil soles, mientras que otros 800 soles fueron transferidos posteriormente a la cuenta de una mujer venezolana, pareja del asesino.
“Quería matarlo para quedarse con su dinero. Necesitaba 80 mil soles para comprarse una casa en Venezuela”, declaró el coronel Carlos Morales, jefe de la División de Homicidios de la Dirincri. La policía ha señalado que Espín tenía acceso a las cuentas bancarias de Mendo y que planeó cada paso del crimen con frialdad.
Carlos Mendo, agotado tras una cirugía, aceptó la invitación de su asistente para salir en auto. Nada parecía fuera de lugar. En el asiento del copiloto se quedó dormido, confiado, ajeno a que el mapa en el celular de Espín lo conducía directamente a su tumba.
En el kilómetro 4 de la Ramiro Prialé, Espín detuvo el vehículo, bajó la luna y encendió las luces intermitentes, la señal convenida. De entre las sombras apareció Jaspe Rivas. Caminó sin apuro, apuntó y disparó dos veces en la cabeza del médico. Ni una palabra, ni un titubeo. Luego lo jaló fuera del vehículo, le arrebató el celular y se perdió en la noche montado en una moto conducida por un menor de 17 años.
En un acto que los investigadores calificaron como fríamente calculado, Espín intentó desviar la atención de las autoridades tras el crimen. Según la reconstrucción policial, condujo el vehículo hasta un grifo cercano con la intención de borrar cualquier evidencia comprometedora.
Allí, de manera apresurada, lavó los restos de sangre y comenzó a ensayar una coartada: la versión de un presunto asalto ocurrido en plena carretera. Minutos después, realizó una llamada a los familiares de la víctima, modulando la voz para aparentar conmoción y dolor, en un intento por consolidar su relato y ganar tiempo.
Sin embargo, la puesta en escena se desmoronó rápidamente. Durante los interrogatorios, Espín incurrió en constantes contradicciones que despertaron las sospechas de los agentes. Su comportamiento errático, la risa nerviosa en momentos clave y, sobre todo, su insistencia en contactar a entidades bancarias para bloquear las cuentas de la víctima, terminaron por delatarlo. “Soy su pareja”, repetía ante los funcionarios financieros, mientras buscaba tomar control del dinero, un proceder que para la Policía evidenciaba un móvil económico detrás del crimen.
Los detectives de la Dirincri, entrenados para identificar inconsistencias en declaraciones y actitudes, no tardaron en desmontar la farsa. Con el avance de las diligencias y el peso de las pruebas acumuladas, Espín terminó por confesar su participación. En su declaración, reveló detalles precisos sobre los pagos realizados, los lugares acordados y la manera en que condujo al médico implicado hasta el punto exacto donde se perpetró el asesinato.
Durante la reconstrucción de los hechos, el ahora confeso intentó minimizar su responsabilidad. “Yo no quería ver cómo lo mataban”, alegó ante los agentes. No obstante, para la Policía, sus palabras ya carecían de valor. El rastro de decisiones, movimientos y encubrimientos dejaba en claro que no se trató de un hecho fortuito, sino de una traición planificada que, pese a los intentos de encubrimiento, terminó por quedar al descubierto.
Contenido GEC