
Un par de sillas, un caballete y un letrero donde se lee: `CONVERSACIONES GRATIS’. Parece sencillo, pero en el malecón de Miraflores ocurre algo que no se compra ni se vende: Gicela Martínez y su esposo Eduardo Merino-Reina se sientan a escuchar a todo aquel que, por curiosidad o necesidad acerca a ellos para hablar. Así, sin lanzar juicios ni dar consejos, solo escuchan.
“Nos sentamos con las personas y simplemente estamos ahí, en mente, cuerpo y corazón”, dice Gicela, ingeniera de sistemas reconvertida en coach ejecutiva. Eduardo, consultor en ventas y también coach, acompaña cada sesión. La pareja descubrió en 2025 este proyecto, inspirado en una iniciativa en Barcelona (España). Desde entonces, transforman vidas aquí en Lima.

La primera conversación de Gicela fue con una niña venezolana de 13 años que paseaba por el parque. “Se sentó y empezó a contarme su mundo. Yo no hice nada más que escuchar, y fue mágico”, recuerda.
Desde entonces, las historias se multiplicaron: un joven de 14 años que debía decidir entre quedarse con sus abuelos o mudarse a Lima con su madre; un hombre que guardó secretos por 22 años; una mujer que contaba su intento de suicidio de la semana anterior.
“No damos soluciones ni consejos, porque no podemos asumir esa responsabilidad. Solo abrimos un espacio donde la persona encuentra sus propias respuestas”, explica Gicela. A veces ni siquiera hablan: basta con mirarse a los ojos y sentir que alguien te ve de verdad. Eduardo aporta su mirada práctica —y por eso conecta con los jóvenes— mientras su esposa ofrece sensibilidad y ternura.

El proyecto ha despertado interés en ciudades como Lima, Arequipa, Chiclayo y hasta en países como Puerto Rico y Venezuela. Pero Gicela aclara: “Hemos conversado con 15 personas que quieren sumarse a este proyecto y, si todo sale bien, se expandirá, pero siempre dejamos en claro que no buscamos fama ni viralidad, queremos que este espacio conserve su magia”, indica.
Para la pareja, esta labor también es un acto de sanación personal. “En un año vivimos tres duelos: perdí a mi hermana, mi hijo se fue al extranjero y mi esposo se quedó sin trabajo. La vida nos sacudió y eso nos permitió entregarnos de corazón a este voluntariado”, confiesa la coach.

Entre lágrimas, risas y silencios compartidos, todos los sábados y domingos Gicela y Eduardo enseñan que escuchar es un regalo. “Una vez vino un ejecutivo importante que necesitaba hablar con alguien; llevaba años sin conversar porque su esposa es sorda. Nadie imagina el poder sanador de una conversación”, recuerda.
Gicela interviene con claridad y ternura: “Pase lo que pase, la vida siempre te da la oportunidad de volver a nacer. Y a veces, todo lo que necesitamos es que alguien nos escuche de verdad”.











