
Augusto Effio (Huancayo, 1977) es una de las voces más incisivas de la narrativa peruana contemporánea. Abogado de profesión y narrador, ha publicado los libros de cuentos “Lecciones de origami” y “Algunos cuerpos celestes”; por este último recibió una mención especial en el Premio Nacional de Literatura (categoría Cuento). Asimismo, ha sido seleccionado para participar en la 50.ª edición de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, en la que el Perú es el país invitado de honor este año.
En esta conversación, el escritor traslada, con “Nuestros venenos”, esa mirada crítica al terreno de la novela negra para explorar las fisuras morales de un país que parece acostumbrado a convivir con su propia degradación.
¿Por qué decidiste escribir algunos capítulos de “Nuestros venenos” en segunda persona?
Es muy difícil de manejar; en talleres y manuales de escritura creativa suelen recomendar que no se escriba en segunda persona. Yo desoí esos consejos porque encontré una vuelta: una segunda persona rotativa, asignada a distintos personajes. Me pareció muy potente porque me permite hablarle al lector casi como si le estuviera dando golpes en la frente. Yo quería escribir una novela que no arrullara al lector, que le quemara las manos, que lo mordiera. Esa intención encontró en la segunda persona su mejor herramienta.
Es una novela negra, pero también tiene rompecabezas narrativos, como los tuits de Alan García. ¿Podríamos decir que es un híbrido?
No hay géneros puros. Cuando funcionan, los géneros son mestizos. Es una novela negra, pero no solo eso. La novela negra suele ser lacónica y seca, y mi novela por momentos lo es, pero también hay pasajes donde el lenguaje se expande. No es un lenguaje poético ni preciosista, sino un lenguaje del fango, de la mugre, pero con personalidad narrativa definida.
Además, hay capítulos dedicados a la historia de cada personaje. No hay inocentes. Quise huir del maniqueísmo de buenos contra malos. La excusa es la leyenda urbana en torno a la muerte de Alan García, pero la intención era bajar un peldaño de ese pedestal y mostrar que no necesitas ser Alan García para estar embarrado.

Hablemos de Ulises Tumialán. Es un personaje ambicioso, violento, resentido. ¿Qué querías explorar a través de él?
Me interesan las novelas incómodas. Huyo de las novelas edificantes o de autoayuda disfrazada. Ulises Tumialán concentra muchas taras de nuestra sociedad: machismo, misoginia y clasismo. Es un abogado de poca monta que extorsiona sexualmente a mujeres de clase alta limeña, apoyado por una red de maleantes de poca monta, entre ellos un matón muy propio del género: el Negro Carreño.
Hay una frase en la novela que trato de llevar hasta las últimas consecuencias: “Tú no sabes con quién te has metido”. Todos la hemos escuchado o dicho. Quería mostrar cómo el clasismo y el racismo funcionan en ambas direcciones. Todos estamos, en algún momento, en uno u otro lado del mostrador.
¿Consideras que “Nuestros venenos” es una novela sobre el pasado o sobre un presente que no termina de pasar en el país?
Lamentablemente es más actual que nunca. Aunque gira alrededor de la leyenda urbana de que Alan García no se suicidó y urdió un plan para huir, la novela habla de la degradación de nuestra clase política y también de nosotros mismos. Aspira a funcionar como un espejo de feria.
Cuando construí al personaje del Negro Carreño, pensé que quizá exageraba. Pero luego apareció el caso de Darwin Condori, un policía acusado de violaciones, y confirmé que la realidad supera cualquier ficción.
Lo mismo ocurre con lo que ha salido de los archivos de Jeffrey Epstein.
Allí notas que la novela palidece frente a la realidad.
Los libros voluminosos y las frases hechas
Ahora parece que todos leen “el novelón” del momento. ¿Qué opinas de esa fascinación por las novelas largas?
En principio, no tengo ningún problema con los libros voluminosos. Hay autores que me encantan, como Michael Chabon, que suelen escribir verdaderos ladrillos, y yo siempre estoy a la caza de un nuevo libro suyo.
Lo que no entiendo, en nuestro medio, es la exageración alrededor de los libros voluminosos; la cantidad de páginas no es un acto ‘heroico’, como si fuera una medida de la ambición del autor. Y eso no termina de convencerme.
La cantidad de páginas no es necesariamente el resultado de la ambición ni de la heroicidad; puede ser también consecuencia de una incontinencia retórica o de un editor perezoso. Además, el libro voluminoso encaja perfectamente en la industria: el “novelón” de temporada, cuanto más gordo, más apetitoso para cierto público.
Entonces, más allá de la extensión, ¿dónde crees que debería estar la discusión?
Hay dos asuntos sobre los que casi no se discute. Uno es el agotamiento de cierta retórica novelesca; el otro es la materia narrativa, es decir, qué estamos contando realmente.
Cada vez tolero menos esas novelas que dicen “el silencio se impuso entre nosotros” para decir que dos personajes se quedaron callados, o “exhaló humo por las fosas nasales” para indicar que alguien está fumando. Si tengo que leer 600 páginas de esa prosa, prefiero la guillotina.
En cuanto a la materia narrativa, hace poco conversaba con Luis Hernán Castañeda. Él celebraba una novela voluminosa porque el personaje atravesaba momentos “asfixiantes”, como mantener una beca en la Universidad de Lima. A mí ese tipo de épica no me mueve un pelo. No me parece heroica ni conmovedora, sobre todo si la comparas con los verdaderos dramas que viven los migrantes o los hijos y nietos de migrantes.
Tampoco me interesan las novelas que se sostienen en reflexiones sobre el propio proceso creativo. Abundan los autores que se autoperciben Bolaño, pero entregan esos textos cursis de groupies fascinados por la figura del escritor.
Frente a eso, ¿cuál fue tu apuesta con “Nuestros venenos”?
Precisamente apostar por una novela “granada de mano”. Para mí era importante que fuera corta. Quería que se leyera rápido, pero que se pensara lento. Mi novela aspira a eso: que el lector avance con rapidez, pero que luego de cerrarla se quede con muchas cosas rondándole la cabeza.








