
Mi amigo, el fotógrafo Gary, llegó al restaurante por un seco de cabrito con frejoles. Para tomar pidió una jarrita de agua de manzana. “María, la minería ilegal en el Perú mueve más de 12 mil millones de dólares al año, superando significativamente al narcotráfico y convirtiéndose en la economía ilícita más grande del país.
Esta actividad representa cerca del 44 % del oro ilegal exportado desde Sudamérica y causa graves daños ambientales y sociales. Con tanto dinero, se les hace fácil mover voluntades a todo nivel. Desde subalternos de la Policía, fiscales, jueces, gobernadores, alcaldes, congresistas y hasta presidentes de la República.
El Estado ya no combate como antes la minería ilegal que depreda las selvas de Madre de Dios, como cuando lo hacía el gobierno de Ollanta Humala, que bombardeaba desde el aire las dragas y metía dinamita a las maquinarias.
Ahora este sector pecha al Perú con sus ‘marchas de sacrificio’ y hasta logran que el Congreso prolongue por muchos años el fin del Reinfo. Eso no es todo, pues cada cierto tiempo aparecen proyectos de ley que los favorecen o protegen.
El fin de semana, asaltantes robaron en la Costa Verde 8 lingotes de oro valorizados en 12 millones de soles que iban a ser sacados del país por el puerto del Callao. Harto dinero. ¿Quién controla esto? ¿Cuantos cientos de kilos del mineral precioso salen todos los años hacia otros mercados?
Es tanto el poder de este sector, que hace dos semanas el presidente José María Balcázar se reunió con mineros informales en Palacio de Gobierno, junto al congresista Guido Bellido, un abierto defensor de esta actividad. El apoyo no es gratuito, por supuesto.
Detrás de esto hay un financiamiento para las campañas políticas. Esto significa que la izquierda, cuando menos, es hipócrita: grita a todos los vientos contra la depredación de la naturaleza a causa de la minería, pero protege a los principales depredadores. Todo por ‘apoyo’.
A esto hemos llegado. Y lo más probable es que el próximo Parlamento bicameral esté lleno de topos de la minería. Qué pena. Ojalá que el pueblo reflexione”. Me voy, cuídense.








