
Mi amigo, el fotógrafo Gary, llegó al restaurante por un cebichito y una jalea de mariscos con salsa criolla. Para tomar pidió una jarrita de chicha morada fresquecita. “María, parece que el gobierno por fin tomó la decisión de privatizar Petroperú, ese elefante blanco e inmenso que nos ha sacado a todos los peruanos miles de millones de soles en los últimos años. Es increíble cómo ha habido personas testarudas que, solo por su ideología, han venido defendiendo durante mucho tiempo a esta empresa que solo ha dado pérdidas multimillonarias.
Es hasta demente que todos, a quienes no nos sobra la plata, vengamos sosteniendo a esa entidad con nuestro dinero. Justo en este país pobre donde faltan colegios y muchos de los que existen se caen a pedazos o no tienen agua, carpetas ni pizarras. Donde los hospitales carecen de camas y medicinas. Donde nuestros policías deben comprar ellos mismos sus uniformes, balas y chalecos antibalas.
Petroperú, como si fuera poco, es desde hace años un organismo que, además de tener pérdidas, alberga a una casta de empleados públicos que reciben jugosos sueldos extra y otras gollerías que ni por asomo pueden imaginar los profesores, enfermeras o secretarias del sector público. Ganan como si fuera una empresa boyante del primer mundo. Es triste que la congresista Heidy Juárez, de la bancada de Podemos Perú, del inefable José Luna, esté impulsando una moción de censura contra la ministra de Economía y Finanzas, Denisse Miralles, por buscar que Petroperú se privatice.
Seguro que muchos de la izquierda apoyarán a este intento populista de censura, con el argumento de que Petroperú es una empresa estratégica para el país. Pero la realidad es que no podemos permitir que nos siga aspirando la sangre. Debe ser privatizada para que entre al mercado a competir y comience a generar ingresos, que sea rentable. Ya es tiempo de que contribuya con el Perú y no sea más una carga que solo produce atraso”. Gary tiene razón. Me voy, cuídense.








