
El Chato Matta llegó al restaurante por un tiradito de cachema, arroz con mariscos graneadito y una jarra con limonada frozen, ya que hace bastante calor. “María, recibí la llamada urgente de Pancholón. ‘Chatito, tú eres mi único amigo en este mundo de partidores, puñaleros y malaleche. Baja urgente al saunita que el chinito Richard está cambiando la hierba, somos los que somos’.
Cuando entré a la cámara de vapor, el gordito estaba sudando a más de 50 grados y cantaba uno de sus temas preferidos de El Gran Combo: ‘Así son las mujeres, así son cuando se quiere/ Tú me dejaste a mí, pero pensando que yo era pobre/ Y te paseas por ahí, pero cambiando oro por cobre...’.
‘Causa, mi columna de la semana pasada, ‘Pancholón en un yate’, causó revuelo y muchos me escribieron para que les siga contando mis historias en el extranjero. Ya te dije, esos muchachitos Said y el tal Irivarren son aspirantes a caminantes, pero no tengo tiempo para escuelearlos.
Te cuento que ya separé pasajes para irme al Mundial de Estados Unidos. Pero no creo que supere la felicidad y los amores que viví en Rusia 2018. Sobre todo con mi amor, mi rusita Irisa.
Yo llegué a las playas de Sochi, en el Mar Negro, en plan ganador, con mi parlante bluetooth, mi bermuda, camiseta blanquirroja, lentes de sol y coloqué una tremenda salsa de Zaperoko, ‘Mala mujer, no tiene corazón’, y ensayé mis pasos de baile en la arena, recordando mis mejores madrugadas en La Furia Chalaca, La Ensenada y La Ley”.

En eso vi que una rubia de ojos cielo y con una tanguita de infarto me miraba entre sonriente y curiosa. Al toque saqué mi celular de última gama y puse mi aplicación ‘diccionario ruso-español’, me acerqué y le dije en ruso: ‘¿Bailas?’. El mujerón enrojeció y la gente me hacía barra.
Ella sonrió y salimos al ruedo. Me convertí en Jim Carrey en ‘La Máscara’, enamorando a la mamacita de Cameron Diaz a punta de aparradas en la pista de baile. Le agarraba la cinturita y más abajo aún, y la rubia era pura risita coqueta. Le susurraba al oído la única palabra que había aprendido para piropear rusitas: ‘krasota, krasota’ (belleza, belleza) y le di un besito en la orejita y la muñeca se estremeció.
‘Te voy a narrar el final imaginario de la Copa del Mundo entre Perú y Rusia: Ya se va mi Perú, dominando balón Pancholón, empieza a correr, empieza a picar, pasa la media cancha y aparece una linda rusa y le comete infracción, una plancha directa al corazón, y Panchito cae al suelo, la miraaaaa y se enamoraaaaaa... ¡¡gooool!!’.
Mi narración se la traduje al ruso y la hermosura me gritó: ‘¡¡Viva el Perrrú!!’, me dio un chape y me invitó a su departamento. En el dormitorio dejé en alto el nombre del Perú con mi ‘salto del chanchito’, que hizo que sus gritos se escuchen hasta Siberia.
Los problemas comenzaron cuando ella, que trabajaba en un banco, me dijo: ‘Panchito, quédate en mi departamento, para que todas las noches me relates más partidos, pero con muchos goles’. Era insaciable.
Yo le canté la firme: ‘Mi amor, ya estoy en base cinco y solo te puedo relatar partidos los fines de semana’. La rubia se convirtió en la ‘leona loca’. Al final se salió con su gusto y acabó el Mundial, pero me tuvo ‘secuestrado’ un mes más y escapé sin despedirme.
En Lima cobré feo. Un ‘zapato roto’ me grabó besuqueándome en una discoteca y subió el video. Perdí por goleada. Mi mujer me botó como un perro’”. Pucha, ese señor Pancholón es un sinvergüenza, y todavía lo pregona. Me voy, cuídense.
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