
El Chato Matta llegó al restaurante por un cebiche de carajito, un arrocito con mariscos y una jarrita con agua de manzana. “María, antes de que empiece la ‘Ley seca’ por las elecciones me tomé un roncito en las rocas y lo sentí más rico que nunca. Parecía el último de mi vida. Pero los años pesan, ahora cuando me tomo unos tragos, al día siguiente me duele todo. El viernes ya estaba llegando a mi casa y sonó mi celular.
Era el gran Pancholón, el abogado mujeriego de mil noches y mil batallas. ‘Chatito -me dijo en tono bajito-, tú eres mi hermano. Solo confío en ti. Estoy escondido en una casa fuera de Lima, no voy a ir ni a votar’. ‘Pancho, ¿qué pasó?’, le pregunté. ‘Causita, llegaba a mi oficina de abogado que no cobra la consulta y vi en la puerta a un mujerón. Morochita, buenas caderas, bien al tinte y colorete rojo.
Era una ‘chamita’ hermosa con un pantalón jean apretadito. Me hice el sobrado y pasé de largo, pues sabía lo que venía: ‘Doctor, disculpe que lo interrumpa. Lo estaba esperando. Tengo un gran problema con mis papeles y necesito su ayuda, papi’.
Cuando pronunció esas palabras, acercó sus pechos hacia mí. ‘Un secretario mañoso me hizo una propuesta indecente para ayudarme, pero es feo y huele mal. Si al menos fuera guapo y tuviera lindos ojos como usted. Me encantan...’, y me lanzó una mirada seductora”.
“‘Espérame un ratito’, le contesté. Llamé a mi secretaria y le dije que me iba a una diligencia urgente a Chincha y no iba a llegar en todo el día. ‘Doctor -me dijo Yarelis-, ¿me va a secuestrar?’. Nos fuimos a Chucuito.
‘Panchito, me dijo, en el Perú ya me enamoré del cebiche, pídete un plato grande y dos cervecitas heladas’. Al rato ya la estaba chapando como el argentino partidor a Shirley en ‘La Granja Vip’.

‘Gordito, solo te pido algo. Que no se entere mi novio. Él me trajo para trabajar aquí y...’. Chato, no puedo con mi naturaleza. Cuando me hablaba de su novio, me excitaba más. Me olvidé de mi otra venequita de 1.85.
En una hora ya estábamos en La Posada. Yarelis era una loba en la intimidad y me hizo sudar más que el sauna. ‘Llámame ‘diablita’. Soy tu ‘diablita’, tigre. Ruge, ruge, tigre’.
Chato, te juro que se me aceleró el bobo porque me había tomado la pastilla milagrosa. Quedamos en volvernos a ver. Pero esa misma noche recibí una llamada a mi celular.
‘Oye, chamo, cónchale vale. ¿Te crees vivo, no?, ¿te gustan las diablitas? Pues vas a ver a muchas en el infierno, coño de tu m...’. ¡Qué palta! Nunca debí meterme con esa mujer, voy a desaparecer un buen tiempo’”. Ese señor Pancholón no escarmienta. Pasan los años, está más viejo y sigue siendo un tremendo cochino y sinvergüenza. Me voy, cuídense.
MÁS INFORMACIÓN:








