
El Chato Matta llegó al restaurante por un cebichito de corvina, unos tallarines con atún y, para calmar la sed, una limonada frozen. “María, el gran Pancholón me timbró al celular. ‘Chatito, vente embalado al saunita privado que van a cambiar la hierba y le están poniendo cascaritas de piña y naranja’. Cuando llegué, el gordito sudaba a más de 50 grados en la cámara de vapor.
‘Chato, el ampay de Magaly Medina a Irivarren y Said Palao me dio risa. Esos muchachitos son aspirantes a caminantes y los puedo ‘escuelear’, pero estoy en otra. Más bien me hizo recordar mi viaje a la Copa América 2024 en Estados Unidos donde dejé huella.
Recuerdo que antes de viajar, la orquesta N’Samble me dio la despedida dedicándome, ante seis mil personas en La Casa de la Salsa, la canción ‘Me vas a extrañar’.
‘Los besos de mi boca/ No fueron suficientes/ Para que te quedaras/ Conmigo para siempre/ No me alcanzó el cariño/ Para verte contenta/ Te amaba como un loco/ Y no te diste cuenta/ Me resultaron falsas/ Toditas tus palabras/ Tus manos me mentían cuando me acariciaban/ ¿De qué sirvió rogarte/ Para que te quedaras?/ Mi error fue darte todo/ Cuando no vales nada.../ Me vas a extrañar, te apuesto lo que quieras que vas a buscarme/ Y vas a llorar, porque tú a mí jamás supiste valorarme...’”.

“Después de la despedida me fui al aeropuerto para enrumbar a Miami, que era mi sede principal, porque de allí partía a las dos ciudades donde jugaba nuestra selección peruana. Primero a Dallas, donde enfrentó a Chile, y después a Kansas City donde se las vio con Canadá.
Tuve una gran decepción con alguien a quien consideraba un amigo, pues resultó ser uno de esos oportunistas que se te presentan en el camino de la vida, los ‘malaleche’ y envidiosos. Pero a esos desconocidos hay que dejarlos pasar.
A Perú lo eliminaron en la primera fase, pero me quedé hasta la final, que la jugaron Argentina y Colombia en el Hard Rock Stadium. Estaba hospedado en el ‘depa’ de mi hermano Iván Reyes, el popular ‘Cara de pan’.
Preparábamos el desayuno, el almuerzo, y de ahí estábamos a unas tres cuadras de las playas de Miami donde la pasábamos espectacular, pero con mucho cuidado porque hay tiburones.
Disfrutábamos viendo a las lindas mujeres de todo el mundo que paseaban en la arena. Una tarde hice juegos de luces y conquisté a una coloradita, Susan, que me regaló una noche espectacular en un yate que se movió tanto con mi famoso ‘salto del chanchito’ que parecía el Titanic.
Nunca olvidaré que la gringuita me gritaba: ‘oh, oh, oh, peruvian, my God, my God...’”. Ese señor Pancholón no tiene cura. Por mujeriego, cochino y sinvergüenza va a acabar solo, viejo y enfermo. Y está mal de la próstata. Me voy, cuídense.
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