
Mi amigo, el fotógrafo Gary, llegó al restaurante por un pepián de choclo con adobo de chancho y salsa criolla. Para tomar pidió una jarrita con manzanilla al tiempo. “María, las denuncias de negociados de personajes cercanos al papá de Brunella Horna con EsSalud en el norte del país son un tremendo escándalo.
Investigaciones periodísticas revelaron que al menos dos contratos realizados con los hospitales chiclayanos Almanzor Aguinaga y Luis Heysen, ambos por más de dos millones de soles, fueron ganados por Magna Sánchez, quien comparte el mismo número de teléfono de Gustavo Horna y la dirección de su empresa es la misma del negocio textil de Giuliana Bocanegra, mamá de la modelo y empresaria, en Jesús María. Y esto es solo la punta del iceberg.
Con tremendos indicios, el Ministerio Público ya debería haber hasta ordenado prisión preventiva para algunos de los involucrados, pero de forma extraña este poder del Estado actúa con lentitud. Para otros casos de políticos de oposición, ahí sí se mueven con celeridad y hasta con rigurosidad.
¿Es tanto el poder de Alianza Para el Progreso? Porque, como todos saben, Brunella Horna es esposa de Richard Acuña, el hijo del candidato presidencial y líder de APP, César Acuña.
Cuando le preguntan a este, cándidamente dice: “No tengo nada que ver, en lo absoluto. Que investiguen hasta las últimas consecuencias. Una cosa es César Acuña y otra el comportamiento de (mis familiares). Recién me estoy informando por la prensa. Con el suegro de Richard creo que habré hablado 5 veces, no tengo mucha relación”, indicó. El tarjetazo y el compadrazgo, lamentablemente, son una lacra en el país. Así se hacen la mayoría de los negocios con el Estado.
Si Acuña quiere demostrar que no tiene nada que ver con este escándalo, debería zanjar y exigir que se anulen esos contratos. Y apartar a su familia política de todo el aparato el Estado. El país necesita políticos honrados y de una línea moral intachable. Basta de farsantes”. Gary tiene razón. Me voy, cuídense.








