
Mi amigo, el fotógrafo Gary, llegó al restaurante por una cojinova frita con arrocito y salsa criolla. Para tomar pidió una jarrita de hierbaluisa heladita. “María, la minería ilegal no solo depreda el medio ambiente, sino que también trae delincuencia, muerte y destrucción.
Lo peor: el Estado ha sido derrotado en Pataz, Madre de Dios, Tambogrande y otros lugares. En la primera, los principales puestos de control están vacíos o cerrados.
Un reportaje de ‘Cuarto poder’ muestra que los módulos del Ministerio de Energía y Minas, Sucamec, Sunat, Sutran y el Gobierno Regional de La Libertad ya no operan en la zona. Se supo que todos esos organismos cesaron funciones al vencerse sus contratos el 31 de diciembre de 2025, tras la expiración de un decreto de urgencia.
Y no es porque se haya controlado a la minería ilegal y su ejército de sicarios. El 31 de diciembre pasado, tres personas fueron asesinadas dentro de un socavón del sector Papagayo. Las incursiones de los ‘parqueros’, la guardia armada de las mafias del oro, a los socavones de empresas mineras legales, como Poderosa, son cosa de todos los días. Las organizaciones criminales ya no tienen miedo ni al Ejército. Se sienten empoderadas. Y hay una razón. Han penetrado a las principales instituciones del Estado, empezando por el Congreso.
Hace unas semanas, de manera vergonzosa, el Legislativo decidió ampliar el plazo para el Reinfo. Era de esperarse, pues la minería ilegal financia a muchos congresistas. Y también a los actuales postulantes al Parlamento bicameral.
La minería ilegal mueve al año 12 mil millones de dólares, según reportes oficiales. Maneja más dinero que el narcotráfico. Con semejante billetera, es fácil romper voluntades en la Policía, el Legislativo, el Gobierno y otras instancias menores. Avisados estamos.
Por eso, depredan los bosques, los ríos y lagunas. Allí, pasarán cientos de años para que vuelva la vida. La selva, sobre todo en Madre de Dios, se va convirtiendo, de a pocos, en un desierto. Lo mismo pasa en Cajamarca, Puno o Tambogrande”. Bien dicho, Gary. Me voy, cuídense.








