Mi amigo, el fotógrafo Gary, llegó al restaurante por un caldo de cabeza de pescado y un arrocito con mariscos bien jugosito con rocoto molido. Para la digestión pidió una jarrita con anís tibiecito. “María, los audios del empresario Gustavo Salcedo, esposo de Maju Mantilla, me sorprendieron. Llegar a contratar a siete personas para seguir todo lo que hacía su esposa es alucinante. Incluso le ponía GPS a ella y a su supuesto amante para defender su ‘matrimonio de veinte años’. Esa relación estaba destrozada hace años.
Hay relaciones tóxicas, donde una de las partes insiste en llevar un noviazgo, amorío o matrimonio, sabiendo que les hace daño. Hay otras mujeres que se resisten a dejar al esposo pegalón, violador o demasiado celoso, pues creen que puede cambiar.
Así no solo arriesgan su vida, sino que desperdician años en una persona que no lo vale. Lo peor es cuando hay niños. Los obligan a presenciar peleas, golpes, escándalos y a sufrir. Una relación tóxica se puede definir como una en la que ninguna de las partes recibe el mismo trato. Aunque se suele asociar con las relaciones de pareja, este tipo de interacciones dañinas pueden darse en otros ámbitos, como en la familia, el trabajo o las amistades.
Es esencial comprender qué caracteriza esta situación, cuáles son las señales de alerta y qué podemos hacer. Algunos consejos:
Gary tiene razón. Me voy, cuídense.
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