Víctor Polay Campos cumple una condena de 35 años en la Base Naval del Callao, tras ser recapturado en 1992.
Víctor Polay Campos cumple una condena de 35 años en la Base Naval del Callao, tras ser recapturado en 1992.

Este Búho cree que a los terroristas hay que llamarlos por su nombre: terroristas. No luchadores sociales. Son personajes que en este país hicieron demasiado daño. Sus demenciales atentados aún son heridas abiertas. Justamente, esta semana releí ‘Los topos’, una puntillosa investigación que publicó Guillermo Thorndike en 1991.

El libro aborda la escandalosa y cinematográfica fuga que protagonizaron , del penal Canto Grande a través de un túnel de 250 metros. El ‘Gringo’, un año antes, había sido director del diario Página Libre, medio que yace en el cementerio del papel.

Para esos años, el enorme y rubio periodista ya tenía una dilatada trayectoria y era una luminaria en el oficio, pues había publicado libros periodísticos de buena factura como ‘El caso Banchero’, ‘El año de la barbarie’, ‘La revolución imposible’, entre otros.

Cuando una redactora de policiales le dijo que podía contactarlo con el cabecilla del MRTA, a Thorndike le brillaron los ojos como niño en dulcería. Al día siguiente estaba en un auto, con los ojos vendados, rumbo al encuentro con el terrorista Víctor Polay y los principales participantes de la fuga que remeció al país.

Ellos iban a reconstruir el operativo para que luego el director de Página Libre lo reproduzca en un libro. Cuando a mitad de los ocho días los emerretistas llamaron a ‘Charo’, la esposa de Thorndike, para decirle que su marido estaba bien, que no se preocupara, ella respondió: “Cuanto antes lo devuelvan mejor para ustedes, porque les va a salir caro, se va a comer todo”.

Para su estadía con los terroristas, el periodista hizo algunos requerimientos simples: lapiceros, papeles, cigarrillos y vodka. El relato de Thorndike es envolvente. Con un talento afinado por los años, logra un libro que bien parece una novela, por los detalles que revela y el ritmo que marca.

Leer sus líneas es volver a esa Lima ambulante, que crecía de manera desbordante, que aun no había fijado sus fronteras, aunque tampoco lo haya hecho hoy. En cada página uno huele y palpa ese viejo país convulsionado por las insurgencias, por el descontento y las guerras absurdas, una de ellas desatadas por el MRTA, encabezado por Víctor Polay.

Paradojas de la vida, había sido amigo de Alan García en la juventud. Juntos habían estudiado en París y su madre Otilia y la de Alan fueron grandes amigas en las épocas ‘duras’ de la represión antiaprista del general Odría.

Sin embargo, la vida los llevó por caminos distintos. Cuando Polay era líder de la organización criminal, Alan era el presidente más joven del Perú. Al ser capturado en Huancayo, en 1990, a Víctor Polay lo trasladaron a Lima y lo encerraron en un pabellón aislado del penal Canto Grande. Estaba solo en un ambiente donde había funcionado el venusterio, espacio para encuentros conyugales.

Entonces, sus camaradas idearon un plan para rescatarlo a él y 47 compañeros más. Compraron un terreno cercano a la prisión. Una pareja emerretista se hizo pasar por un matrimonio joven, feliz y trabajador, y así iniciaron las labores de excavación, a cargo de ‘topos’ inexpertos y ‘técnicos’ asesorados por ingenieros de la UNI.

Los ‘topos’ escarbaron casi un año de sol a sol. El túnel debería llegar al patio del penal y desde allí los emerretistas escaparían. Para alcanzar ese ambiente, Víctor Polay debía atravesar tres controles policiales y muy sospechosamente lo hizo, y aunque Thorndike da detalles de aquella hazaña, mucho se especuló en aquellos años.

Se culpó al gobierno de Alan García de facilitar la fuga para así dejar al gobierno entrante, el de Alberto Fujimori, una ‘papa caliente’, pues tenía que lidiar con un terrorista de alta escala prófugo. Lo insólito es que durante toda la fuga los terroristas se dieron tiempo para fotografiarse, lo que levanta la sospecha de que recibieron ayuda de algún lado.

También se publicaron en la prensa otras fotografías donde los emerretistas, con el puño en alto, están en la tolva del camión en el que escaparon, otra vez, sonriendo de oreja a oreja. Al día siguiente, García, en conferencia de prensa, fustigó diciendo que ‘hay mártires de la Policía que han muerto en su lucha por capturar a los subversivos, pero hay gente que no tiene la calidad para mantenerlos presos’.

Sin embargo, Armando Castrillón, exdirector de penales, y el mayor de la Guardia Republicana Antonio Cereghino, experto en develar motines, culparon directamente al ministro del Interior, Agustín Mantilla, de haber ‘ayudado’ en la fuga.

Años después, Mantilla purgaría prisión por haber recibido miles de dólares de Vladimiro Montesinos. Y para cerrar con las paradojas del destino, los túneles que escribieron una página de gloria entre los emerretistas, siete años después servirían para llevarlos a la tumba, cuando en una acción armada secuestraron a un grupo de militares, ministros y hasta al canciller de la República en la residencia del embajador del Japón.

Después de meses de cautiverio, fue el gobierno el que mandó construir túneles para sorprender a los subversivos y rescatar a los rehenes. Es decir, recibieron de su propia medicina. Apago el televisor.

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