
Este Búho disfruta el verano, el calorcito, los atardeceres. debo reconocer que gran parte de mi vida la pasé frente al mar. Y no es que haya tenido una casita en alguno de los exclusivos balnearios de nuestra costa, sino que desde muy niño he visitado las playas del país. Por eso, siempre bromeo con mis amistades, parafraseando al gran poeta nacional Martín Adán: ‘Si quieres saber de mi vida, vete a mirar el mar’.
A los cinco años, a esa edad del descubrimiento, uno de mis tíos más queridos me llevó a conocer la pintoresca Agua Dulce, en Chorrillos. Desde entonces era la playa del pueblo, a donde llegaban personas de todos los barrios de Lima. Familias enteras descendían por los acantilados cargando sus ollas de arroz con pollo y luego enfriaban las cervecitas enterrándolas en la arena húmeda. Se armaban pichangas memorables y los más chicos nos dedicábamos a cazar muimuyes en la orilla.
Más grande aprendí a nadar en las aguas mansas de Los Yuyos, en Barranco. A pechito, con la cabeza hundida y los brazos extendidos hacia adelante. Ya adolescente, con la manchita del colegio nos íbamos hasta San Bartolo, en el sur chico. Nos llevaba don Pochito, papá de uno de mis compañeros, en su espectacular Chevrolet Impala rojo, que en la Panamericana Sur rugía como león hambriento.
La playa, aunque serena, era de cuidado, pues en su suelo se asentaban cientos de erizos que se incrustaban en la planta del pie. En el bufadero de San Bartolo, donde las olas reventaban como volcán en erupción, pasé muchas tardes leyendo libros y oyendo música y amando a mi enamoradita de entonces, una pecosa pelirroja que estudiaba en un colegio de monjas, mientras le cantaba al oído esa balada de Heleno, ‘No son palabritas’.
Ingresando a la adultez, bailé noches enteras en La Máquina del Sabor, el templo de la salsa en La Herradura de Chorrillos. En ese point escuché por primera vez en vivo al maestro Marvin Santiago y su emblemático tema ‘Aquella mujer’: ‘Aquella mujer fue un veneno cruel/ que aprendí a querer, como ciego la amé./ Aquella mujer, riendo se fue/ me engañó una vez, pero cuánto la amé./ El tiempo fue un remedio que apliqué/ jamás la carcajada lamenté./ Y qué me importa ya, si se rio de mí’.
En esos tiempos, de mochilero me fui hasta Máncora, en Piura. Entonces mis amigos hablaban de las playas del norte como verdaderos paraísos de arena blanca y aguas turquesas. Aún no era lo que hoy es, el corazón del desenfreno. Llegué tirando dedo. Pasé allá un verano entero y terminé con un bronceado al estilo Julio Iglesias.
En Ancón estuve muchas tardes con mi madre. recuerdo que era el balneario de moda, por sus glamorosos edificios y los yates lujosos que se mecían en sus costas. En Tuquillo, Huarmey, comí el mejor pejerrey arrebozado que recuerde.
Y en Camaná, Arequipa, el mejor chupe de camarones. Y ya por comisiones periodísticas pude conocer mares de otros países, de aguas más azules y arena más blanca. Ahora con mis hijos, cada vez que se puede, nos escapamos a alguna playita cercana. No hace falta mucho. Ellos son felices construyendo castillos de arena o lanzando piedritas al mar.
Pronto aprenderán a nadar y sabrán que, como escribió Ernest Hemingway en ‘El viejo y el mar’, “el mar es dulce y hermoso, pero puede ser cruel”. Como la vida misma. Se puede disfrutar plenamente del verano, pero eso sí, respetando y cuidando nuestro hermoso litoral.
No es posible que cada domingo los bañistas dejen millones de toneladas de basura. Eso es inaceptable. Cuidemos nuestras playas para que siga siendo un lugar de recreación sano para nuestros hijos, nuestros nietos y los que vengan. Apago el televisor.
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