
Este Búho recorre la gran ciudad. Como diría la leyenda del fotoperiodismo peruano Carlos ‘Chino’ Domínguez: ‘perro que no camina no encuentra hueso’. Voy a pie, observando con mis ojazos, olfateando, escuchando. Todo hierve, y no es por este sol de verano. Es por la crisis energética que se vive desde hace más de una semana. Achicharrándose, los taxistas hacían fila de cuatro o cinco horas para recargar gas.
Los precios se dispararon y la escasez se acentuó en casi toda la capital. “Nosotros vivimos del día a día, señor periodista”, me dijo un joven, dueño de un Toyota Yaris amarillo. Trabaja para alimentarse, pero también para pagarse la cuota mensual de la universidad donde estudia Ingeniería. El alza los golpeó de manera profunda.
Pero no solo a los transportistas, sino a los usuarios de estos, porque los pasajes se incrementaron en cincuenta céntimos en algunos casos y un sol en otros. Montos significativos para el peruano de a pie que gana el sueldo mínimo.
También las mamitas padecen esta crisis, porque el precio de los productos de primera necesidad se elevó. “La plata en el mercado ya no alcanza para nada, una tiene que estirarla como chicle”, me comentó un ama de casa totalmente preocupada. “Encima, el balón de gas se ha disparado a casi cien soles”, agregó enfurecida. Para ponerle la cereza al pastel, dirigentes del rubro hidrocarburos anunciaron que en las próximas semanas la gasolina duplicará su precio, efecto de la guerra que acontece en Medio Oriente.
Frente a estos problemas urgentes hemos visto a un presidente entumecido, desconectado, sin capacidad de reacción, apenas balbucea. Un alma en pena que deambula por Palacio.
Mientras la economía tambalea, la inseguridad se desborda en todo el país. Los restaurantes no solo deben lidiar con los víveres caros, el balón de gas por las nubes, sino con las cuotas diarias que exigen los malditos extorsionadores. “Esos desgraciados me exigen dinero porque si no les pago, dicen que atentarán contra mi negocio. Vivimos en zozobra”, me reveló una emprendedora.
No solo Lima fue tomada por la delincuencia, sino el país entero, sino veamos nomás el caso de La Libertad, en donde en plena capital, Trujillo, explotan granadas en discotecas. Esa región se convirtió en el corazón de la minería ilegal.
El peruano, y lo siento en las calles, vive agobiado, angustiado, casi al borde del delirio, por eso lo último que le preocupa son las elecciones. Unas elecciones plagadas de candidatos que ofrecen la cura a nuestros males, pero en muchos casos se trata de políticos reciclados, que ya tuvieron el poder en sus manos —congresistas, ministros, alcaldes o presidentes regionales— y no hicieron absolutamente nada.
“Ya no confío en nadie. Todos los políticos son mentirosos”, comentaron casi todas las personas con quienes conversé. Y uno como periodista los entiende, porque día a día escribo sobre esos mismos personajes y sus chanchullos. Estoy convencido de que este hartazgo se reflejará en las urnas y será muy peligroso. Apago el televisor.
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