El cabecilla de Sendero Luminoso, Abimael Guzmán, fue capturado en Lima el 12 de septiembre de 1992 (Archivo histórico de El Comercio)
El cabecilla de Sendero Luminoso, Abimael Guzmán, fue capturado en Lima el 12 de septiembre de 1992 (Archivo histórico de El Comercio)

Este Búho lamentó profundamente que un candidato que aspira a ser presidente haya dicho que el fue un ‘líder’. Creo que no existen tiempos mejores como para leer y conocer la brutal historia de Sendero Luminoso. Vivimos épocas en que el senderismo ha tomado un rol protagónico en nuestra política y es necesario conocer frente a quiénes estamos.

Abimael Guzmán Reinoso fue la mente más retorcida que haya podido conocer este país. Muchos jovencitos universitarios me escriben: “Búho, ¿qué libro nos recomiendas leer para conocer al hombre que en su cabeza enferma se creía ‘la cuarta espada del comunismo internacional’, después de Marx, Lenin y Mao?”.

Considero que una lectura indispensable es ‘La hora final’, una puntillosa investigación del periodista peruano Carlos Paredes (autor de ‘El perfil del lagarto’) que relata la caída de Guzmán Reinoso a cargo del Grupo Especial de Inteligencia, o conocido popularmente como GEIN. Incluso, este libro fue llevado a la pantalla grande con el mismo nombre y estuvo protagonizado por Pietro Sibille y Nidia Bermejo.

En su libro, Paredes reconstruye de forma minuciosa el ocaso de Sendero Luminoso y perfila al asesino serial arequipeño, a quien califica como un gestor de la revolución del proletariado y a la vez amante de costosos perfumes franceses y de cigarrillos americanos.

A su vez, narra la dura lucha que iniciaron valientes policías de inteligencia no solo contra los terroristas, sino también contra un Estado liderado por el siniestro Vladimiro Montesinos desde la sombra, que le ponía zancadillas y en diversas ocasiones, se sospecha, actuó a traición.

Nunca olvidaré esa noche del sábado 12 de setiembre de 1992, cuando se dio la noticia de la captura del ‘camarada Gonzalo’, en la calle Los Sauces, en Surquillo, en la gran ‘Operación Victoria’, ejecutada por el equipo que capitaneaban los oficiales de la Policía Benedicto Jiménez y Marco Miyashiro. Y lo hicieron sin disparar un solo tiro.

Aquella noche, los peruanos comenzamos a despertarnos de esa espantosa pesadilla llamada ‘la guerra popular de Sendero Luminoso’, que cobró la vida de miles de peruanos, entre ancianos, mujeres y niños.

Pero los frutos del GEIN no se cosecharon de la noche a la mañana. Fueron meses de trabajo dignos de una película de Hollywood, en la que los agentes tuvieron que disfrazarse de lustrabotas, basureros, enamoraditos y choferes de compañías de luz para recabar información y dar el golpe certero y definitivo.

En ‘La hora final’, Paredes relata que fue idea de Benedicto Jiménez iniciar un método que optara por la inteligencia antes que la fuerza, como lo venían haciendo desde hacía más de diez años sin ningún resultado.

Entonces propuso crear un equipo especial que se encargue de enfrentar a los terroristas de manera no tradicional. Es decir, investigar para capturar y no capturar para investigar.

Los del GEIN trabajaban con viáticos miserables del Estado y el humilde apoyo del Gobierno estadounidense. Recuerdan los policías que integraban aquel destacamento que durante sus rondas de vigilancia, de 16 o 18 horas, almorzaban plátanos y bizcochos, pues no había para más.

Los implementos para sus trabajos de oficina lo hacían gracias a donativos que recibían de algunas organizaciones. Empezaron cinco agentes, pero gracias a los resultados positivos, en algunos meses fueron más de tres decenas.

Implementaron una oficina en donde analizaban la basura. Otra en la que interceptaban comunicaciones. Entendieron que los de Sendero Luminoso “no eran locos que mataban y destruían por un placer perverso, lo hacían porque para ellos todas las muertes y las destrucciones se justificaban por una revolución proletaria, la rebelión de los oprimidos ancestrales contra los abusadores de siempre”.

Comprendieron su ‘naturaleza política-dogmática’. Y sabían que la única forma de destruir su organización era capturando a su cabecilla, pues nada se hacía si Guzmán Reinoso no lo aprobaba.

Era una fe religiosa la que le tenían. Aquel 12 de setiembre de 1992, el ‘Cachetón’ se dejó atrapar y se comportó como un cobarde, porque se orinaba de miedo pensando que la consigna de los policías era asesinarlo.

Por eso estaba quietecito y dejaba que su mujer, la despiadada ‘camarada Miriam’, Elena Iparraguirre, lo defendiera y gritara como una histérica: ‘¡No lo toquen!’.

Al día siguiente, Abimael fue mostrado como un roedor, enjaulado, con uniforme a rayas y había sido numerado con la fecha del aniversario de la policía de inteligencia.

Aunque creamos que un ciclo se cerró con su muerte en 2021, no nos engañemos. Su pensamiento, sus ideales y sus consignas siguen presentes en ciertos personajes que hoy buscan hacerse con el poder. Apago el televisor.

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