Donald Trump y Xi Jinping. Foto: Getty Images.
Donald Trump y Xi Jinping. Foto: Getty Images.

Este Búho comprueba una vieja frase atribuida a Lord Palmerston: Los países no tienen amigos, tienen intereses. Estaba viendo en YouTube un podcast donde se trataba la influencia de Donald Trump, a un año de su segundo mandato, respecto a Latinoamérica luego de su intervención en Venezuela y cómo quedaba China, la otra potencia mundial que busca consolidar su presencia en esta región.

Me pongo a reflexionar sobre la alucinante la transformación de China, que ya está a la par que Estados Unidos y lo supera en algunos casos. Pero esto no se dio de la noche a la mañana. Quién diría que el actual mandatario chino Xi Jinping, que gobierna su país con ‘mano de hierro’, es hijo de la Revolución Cultural de ese país en el siglo pasado, que lideró Mao Tse Tung. No hay que olvidar que China hace unas décadas era la admiración de los grupos de izquierda más radicales.

A diferencia de los partidos comunistas pro-Moscú, que apoyaban a gobiernos militares ‘progresistas’ o socialistas, los maoístas solo creían en la ‘guerra popular del campo a la ciudad’. De ahí la frase de Mao que era recitada con devoción por los ultras: ‘El poder nace del fusil’. Esa Revolución Cultural china se dio entre la agitada década de 1966 a 1976 y buscaba fortalecer el comunismo eliminando los restos de elementos capitalistas y tradicionales de la sociedad china. Buscaban imponer el maoísmo como la ideología dominante en el interior del Partido Comunista Chino.

La revolución devolvió el poder casi total a Mao luego de los fracasos del Gran Salto Adelante, período terrorífico durante el cual murieron más de treinta millones de personas debido a la hambruna. Mao acusó a sus rivales en el Partido Comunista de revisionistas e insistió en que tenían que ser eliminados de forma violenta. El llamado de Mao produjo un periodo de terror en China.

En la cúpula, el resultado fue la purga masiva de altos funcionarios. Como resultado, el culto a Mao alcanzó niveles nunca antes vistos. Millones de chinos murieron en esas purgas. Uno de los líderes caídos se salvó de milagro, Deng Xiaoping. El menudo dirigente aprovechó su oportunidad y, al morir el anciano Mao, dio un golpe en el partido y ahí empezó el giro en ese país socialista.

Deng se propuso levantar la desastrosa economía a fines de los setenta. No olvidaba la muerte de millones de chinos durante la hambruna. Deng hizo una verdadera revolución económica, que asombró al mundo. Liquidó la economía planificada, adoptó una mixta y abrió las puertas al capital extranjero.

Cuando la Coca-Cola ingresó a China, no solo se benefició la firma gringa, que capturó ese mercado virgen de la mayor población del planeta, sino que el capital extranjero permitió fortalecer la economía del país y crear una industria nacional. Por esos años, Deng acuñó una frase que definía su total pragmatismo: ‘No importa de qué color sea el gato, sino que cace ratones’. Muchos comunistas ortodoxos se desencantaron, entre ellos las huestes de Abimael Guzmán, que colgaban perros muertos en los postes de luz con un cartelito que decía: ‘Muera el perro Deng’. Pero ese ‘perro’ fue el artífice de que hoy China sea la más grande economía mundial. Apago el televisor.

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