
Este Búho escribe con el corazón estrujado. El último martes dejó este mundo el gran escritor Alfredo Bryce Echenique. La noticia, para quienes somos sus fieles lectores, fue devastadora. Al maestro lo creíamos inmortal, pues hasta hace poco estuvo celebrando con amigos sus 87 años. Fueron casi 9 décadas bien vividas y bebidas.
Al escritor siempre se le recordará con esas gafas de cristales circulares y su vaso de vodka tonic en la mano. Ahora ya está con su compadre Julio Ramón Ribeyro, brindando y contando historias. Allá forjaron una amistad que sería para siempre.
Alguna vez este columnista pudo conversar con Bryce Echenique. Recuerdo que fue en 2016, en Arequipa. Hasta la ‘Ciudad Blanca’ había llegado el autor de ‘Un mundo para Julius’ para una serie de presentaciones en el marco del ‘Hay Festival’. En el bar del hotel Casa Andina, con su bebida favorita, el escritor no solo me contó -con gracia y fluidez- esas largas noches de bohemia que compartió con el ‘Flaco’, sino una anécdota con un joven Alan García.
- Maestro, ¿y esa anécdota entre usted, Julio Ramón y Alan García? (Se encontraban los escritores bebiendo en un bar de Francia cuando entró Alan García, guitarra en mano, a cantar la ranchera ‘El rey’)
- Oye, nada más correcto para un estudiante que ganarse la vida de cualquier forma, en este caso con una guitarra y cantando. Eso es meritorio. Lo que pasó ahí fue que Julio Ramón no tenía monedas y me dijo: ‘Alfredo, ¿tú puedes ponerle monedas?’. Y yo le dije que sí. Y yo le di en la gorra que pasaba. Alan me miró con odio.
El maestro me lo contó con el entusiasmo de un niño que acababa de cometer una infidencia y echó a reír. Esa fue la única vez que pude conversar largo y tendido con Bryce Echenique. Por supuesto, yo era un periodista joven hecho un manojo de nervios.
Hasta entonces había leído todos sus libros, sus columnas de opinión y sus crónicas periodísticas. Pero mi vida estuvo marcada, como muchos, por su máxima: ‘Un mundo para Julius’. En ella el escritor desarrolla todo su talento y con una carga de ternura, pero también con mucho humor, cuenta la vida de un niño de la clase aristocrática que encuentra a una familia verdadera en su servidumbre, que son explotados y humillados por su propia familia.
La novela de Bryce es corrosiva, casi contestataria, pero no nos engañemos, no hay resentimiento, sino grandes dosis de humor, ternura y hasta indefiniciones, porque Julius, en algún momento, no toma partido en su totalidad por los de abajo. Allí radica lo complejo y rico del personaje central.
Con este libro, Alfredo Bryce despegó y se ubicó en el olimpo de los grandes escritores en castellano. Fue el último sobreviviente de esa generación dorada del ‘Boom latinoamericano’, junto con García Márquez, Vargas Llosa, Julio Cortázar, entre otros.
Sus restos fueron velados en la Casona de San Marcos, la universidad donde estudió Derecho. Allá compartiría aula con un pícaro Tulio Loza, quien al enterarse de su fallecimiento revivió una sabrosa anécdota. “Era tan tímido que le costaba trabajo acercarse a las chicas. Una vez se templó de una limeñita coqueta que a diario pasaba por la universidad para irse a chambear y como no se atrevía a hablarle, me dijo que yo abordara a la chica y luego se la presentara. Se trataba de una joven coquetita, fachosa, con su vestidito de percal.
Yo le decía: ‘Bryce, no friegues, es una doméstica al lado de tu enamorada’, pues tenía su noviecita de tercer año de media, creo, era hija de un español. Como era mi amigo y para que no friegue tanto, hice lo que me pidió. Un día esperamos a la joven bien temprano, a las 8 de la mañana, y la abordé.
Le dije: ‘Perdóname, no intento cortejarte, solo te estoy trabajando porque un compañero que te ama y es el dueño de ese Peugeot convertible que ves ahí, me ha pedido que te hable. Le comenté que se trataba de un hombre con un futuro extraordinario, de billetera gorda, y que si no le gustaba podía esquivarlo (risas).
La chica aceptó que le presente a Bryce Echenique y poco tiempo después se concretó el romance”, contó el popular ‘Cholo de acero inoxidable’. El día de su funeral en la Casona no solo asistieron mayorcitos, sino cientos de jovencitos para darle el último adiós. Y no hay mayor demostración que su legado literario será imperecedero. Apago el televisor.
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