
Este Búho estaba en El Silencio leyendo ‘Memorias de mi desnudez’, del poeta Leoncio Bueno, cuando levanté la mirada y frente a mí se presentó un espectáculo maravilloso: el sol de las 6 de la tarde cayendo sobre el mar. Debe ser uno de los eventos naturales más lindos que existan. Disfrutarlo no cuesta nada y es una imagen que dura para siempre.
Justo entonces me crucé con un verso del poeta de Tablada de Lurín: ‘Me asalta la triste nostalgia cuando pienso en esos vates ya idos/ pues ya no pueden mirar el sol, no pueden ver el mar/ ni escuchar a los árboles cantando con el viento’ (Los poetas nunca mueren, 2004). Mi buen amigo Bueno acaba de cumplir ¡¡106 años!! Es el poeta en actividad más longevo del mundo. Siempre que puedo lo visito y en cada encuentro me regala una conversación exquisita, llena de lucidez y recuerdos de esa vida álgida que tuvo desde que nació.

A su historia personal le he dedicado varias columnas, pues Bueno se hizo a punta de desdicha y lucha. Pero hoy quiero homenajear su poesía proletaria, rabiosa, construida desde esa miseria, entre calamina y esteras, entre arenales y cerros. ‘Mi techo es pequeño/ rico de polvo y paja/ Construido de esteras y otros deshechos inflamables/ Deja pasar los bichos y la lluvia,/ Deja que se cuele la luz,/ El aire, las chirimachas/ y los orines de los gatos./ Soy el dueño de un techo excitante:/ Puede caerme encima/ Sin hacerme daño’.
En esas intensas conversaciones que he sostenido con el vate siempre he notado el fuego en sus ojos. Ese fuego que lo llevó a sostener banderas del comunismo, trotskismo, anarquismo. Aunque el pellejo arrugado, tiene el alma joven, con energía que desborda, con un ímpetu de adolescente. ‘¿Mi patria?/ Estoy bien con mi patria. Mi patria es morena y hermosa/ Como la cintura de mi muchacha/ Es risueña y cruel como una hembra en celo./ Todo me lo ha dado mi patria:/ Garrotes, trabajos, prisiones, no me quejo./ Ella ahora duerme en el lecho de los generales,/ Pero nosotros los poetas/ le haremos el muchacho’.
Aun escribe en esa Remington del siglo pasado, sentado en el porche de su casa, a la sombra de los árboles, soportando el viento caliente del verano. La muerte no le asusta al poeta, le asusta el hecho de que por su pobreza no sepa cómo o dónde lo enterrarán. “Lo único que no sé es cómo me van a enterrar, porque no tengo plata. El Estado debería asegurarles el entierro a sus poetas”, me dijo alguna vez. Entonces uno ve cómo el Estado desprecia a sus intelectuales y los abandona a su suerte. A pesar del abandono, al poeta proletario le sobrevivirá su lucha, su poesía por siempre. Apago el televisor.
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