
Este Búho es feliz cuando llega febrero, el mes de los carnavales. En mis tiempos, en esos años maravillosos, salíamos con la mancha, cargados de baldes con globos de agua y, como centinelas, los lanzábamos contra guapas señoritas o buses que iban con las ventanas abiertas. Éramos niños y en nuestras cabecitas no había maldad, solo nos divertíamos sanamente.
Hoy los tiempos han cambiado, ya esa costumbre se ha ido olvidando, los niños prefieren sus tablets o quedarse pegados en YouTube. Hace un par de años, este columnista viajó hasta Pucallpa para celebrar los carnavales, en donde aún se busca preservar las costumbres de antaño con las famosas pandillas. Fue, sin duda, uno de mis viajes más lindos.
Lo fue, seguro, porque tuve como guía a una bella pucallpina de cabellos ondeados, quien me llevó por los rincones menos conocidos de la gran Tierra Colorada, en donde el juane se prepara con gallina negra virgen y la cumbia suena durante todo el día y se brinda con la chelita San Juan.
Pucallpa es un lugar de gente alegre, hospitalaria. Reciben al visitante como si fuera un hermano que regresa a casa después de muchísimos años. Y esa cordialidad única te hace sentir parte de la familia. Tienen un sentido del humor único: al gordito le dicen ‘buchisapa’, al flaco ‘tembleque’. A la chica coqueta ‘pishpira’, y al coqueto ‘moshaco’.
Bromean hasta de sus desgracias. “Te voy a presentar a alguien que te puede explicar ese asunto”, me advirtió mi acompañante. Y fue el mismísimo Juan Pezo, líder de la agrupación de cumbia más antigua de la región, Juaneco y su Combo, quien me recibió en su casa. Casa que fue de su abuelo Juan Wong Paredes y que junto a Wilindoro Cacique encumbraron a Juaneco como uno de los grupos tropicales más importantes del país.
“Nosotros cantamos ‘Ya se ha muerto mi abuelo’ y la gente baila en vez de llorar”, me dijo. Y es cierto. Esa alegría que desbordan es contagiosa.
Su gastronomía es otra de las razones por las que no olvido aquel viaje: el tacacho con cecina, el chaufita regional con plátanos fritos o el chicharrón de paiche fueron de mis favoritos. Y sus refrescos como la aguajina, el camu camu o la cocona heladita precisos para aplacar el calor intenso.
Entre restaurantes exclusivos y finos, a orillas del río Ucayali, mi acompañante y yo decidimos visitar esas parrillas que por las tardes se encienden en las calles. En donde las mamitas prenden el carbón y tiran el pollo sobre las rejillas y esperan a sus clientes sentadas en su banca mientras se echan aire con abanico.
“El que viene a Pucallpa y no come su pollito canga, a qué m... viene a Pucallpa”, bromeó la anfitriona del pequeño negocio y desató la risa de todos los comensales. El pollito era jugoso y suave, con ají de cocona una maravilla para el paladar. La selva no duerme.
Las ofertas de diversión nocturna son un abanico y hay discotecas de moda con reguetón y música de moda en el corazón de la ciudad, hasta balsas parranderas que zarpan hacia el río y es una experiencia inolvidable, en donde no sabes si te marean las cervezas o el movimiento ondeante de las balsas.
En mi último día, mi guía personal me dijo entre risas: “Te voy a llevar al paraíso”. Nuevamente acepté sin pensarlo dos veces. Y fue así como llegamos hasta el mirador de la laguna Yarinacocha. Subimos a una torre. La vista era impresionante. Al filo de la laguna se abría paso la selva, una selva infinita en donde sobrevolaban aves de todos los colores. A pesar del sol abrasador del mediodía, recuerdo que el viento era fresco.
En ese silencio, y maravillado por el espectáculo del paisaje, irrumpió una balsa en cuyos parlantes sonaba ‘Chica linda’ de Juaneco: ‘Ahora quiero cantarles cumbia/ porque me siento enamorado/ de una linda chica y coqueta/ que me vuelve loco/ de una chica linda y coqueta/ que me vuelve loco’. Sin duda, volveré. Apago el televisor.
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