Alfredo Bryce Echenique. (Foto: Ulf Andersen/Getty Images)
Alfredo Bryce Echenique. (Foto: Ulf Andersen/Getty Images)

Este Búho asiste a las celebraciones por los 87 años del gran. El maestro, tótem de la literatura latinoamericana, celebró su cumpleaños rodeado de sus colegas y amigos cercanos, siempre con su copita de vodka tonic en la mano.

Debo agradecerle al periodismo que me hizo conocer al maestro en Arequipa. Allá conversamos largo y tendido. Mientras él degustaba su bebida favorita a las 9 de la mañana, repasaba su vida, su amistad con el ‘Flaco’ Julio Ramón Ribeyro, su encuentro con Alan García en París y que luego plasmaría en su libro ‘Permiso para retirarme’, y también -claro- sobre la muerte.

Sin temor, aseguraba que había vivido la vida que quiso, y que no ser padre ni tener una amante le angustiaba. Fue una conversación que guardo y guardaré con mucha emoción. A pesar de no tener en su apretada agenda a este humilde periodista, me recibió de inmediato cuando le dije que era de Trome. ‘El diario más leído del Perú, claro que sí’, me dijo.

Hablar de Bryce es también hablar de su legado, uno de ellos ‘Un mundo para Julius’ (1970), quizá su obra más grande y trascendente. Publicada en plena dictadura militar socialista del general Juan Velasco Alvarado, fue lo que podríamos llamar el ‘conchito’ del legendario ‘boom’ de la literatura latinoamericana que se inició en los sesenta con Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez y compañía.

Muchos críticos de aquella época sostenían que el único mérito de Alfredo era que por pertenecer a una familia de raigambres aristocráticas, pudo hablar ‘desde dentro’ de ese mundo poco conocido. En verdad, la historia del niño Julius, hijo de un matrimonio típico de la aristocracia, era de película. Nieto de un expresidente, vivía en un palacio en la parte sanisidrina de la exclusiva avenida Salaverry. Tenía una madre, Susan, descendiente de ingleses, superficial y frívola, una dama tan plástica que era incapaz de sentir cariño y un mínimo de emoción, ni siquiera por sus propios hijos. ‘Darling’ era casi todo el meollo de su lenguaje.

El padrastro del niño millonario no era mejor, pero al menos tenía la excusa de justificar su desamor por el pequeño al decir que ‘no era el padre de Julius’. Juan Lucas, ese padrastro, era un tipo tal y como lo definió su propia esposa, en palabras de Bryce: ‘Nadie tan feliz como Juan Lucas, bueno, él siempre estaba feliz o a punto de irse al golf o a una de sus haciendas’.

Sus hermanos mayores hombres, Bobby y Santiago, son un fiel reflejo del entorno dominador, racista y excluyente. Ven a Julius, un chico sensible, como un cobarde, como un ser inferior, más aún porque su hermano menor va a refugiarse en la servidumbre a buscar cariño y protección.

Y para colmo, su única hermana, con la que le une ese sentimiento de sensibilidad, muere de una terrible enfermedad. Como un José María Arguedas de la gran ciudad, Julius encuentra una familia verdadera en los empleados que son humillados y explotados por su propia familia.

La novela de Bryce es corrosiva, casi contestataria, pero no nos engañemos, no hay resentimiento, sino grandes dosis de humor, ternura y hasta indefiniciones, porque Julius, en algún momento, no toma partido en su totalidad por los de abajo. Allí radica lo complejo y rico del personaje central.

Pero ¿qué podemos decir del papá de la criatura, Alfredo Bryce Echenique? Que es un escritor querido. Uno lo ve siempre alegrón, con lentecitos, después de haber bebido unos buenos tragos. Él mismo es consciente del pie del que cojea: ‘Prefiero ser un borracho conocido que un alcohólico anónimo’, dice. Siempre le gusta pintarse de cuerpo entero: ‘Soy considerado el más borracho de los escritores latinoamericanos’.

El fallecido premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez, opinó sobre ‘Un mundo para Julius’: ‘Es la inteligencia de su factura, la mezcla de sutil ironía, humor, ternura y la visión aguda de lo real que componen su materia, por lo que el libro de Bryce es uno de los mejores que haya escrito un autor en América Latina’.

Pienso que esta obra le dio frescura a la novela peruana en momentos en los que más bien transcurría en la descarnada y dramática denuncia social o novela política. Alfredo Bryce tenía mucho de Julius o viceversa. Alfredo se crio en el seno de una familia donde el tatarabuelo, José Rufino Echenique, fue presidente de la República. Su abuelo, presidente del banco más importante del país, y su padre, gerente del mismo.

Pero un hecho cambiaría su cosmovisión del país y del mundo. Su ingreso a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Bryce llegaba impecablemente vestido con ternos ingleses y a bordo de un auto Peugeot convertible, cuando otros alumnos miraflorinos como Vargas Llosa lo hacían en tranvía o colectivo de la avenida Arequipa.

Fue ese contraste el que lo definió y marcó su literatura. A sus 87 años se muestra lúcido, con vitalidad, aunque ya se retiró oficialmente de la escritura. Larga vida a Bryce. Apago el televisor.

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