(Foto: Facebook Sid Vicious frome Sex Pistols)
(Foto: Facebook Sid Vicious frome Sex Pistols)

Este Búho caminaba por Era una noche de sábado, día en que los vampiros salen de sus tumbas. Por eso, en la oscuridad de las esquinas veía a los muchachitos de ropas negras y skinheads embriagándose, drogándose y amándose. Eran presos de esos amores intensos y destructivos. Alguna vez estuve cerca de ellos, pensé. Entonces eran tiempos recios de coches bombas y toques de queda. Las botas altas y la casaca de cuero. Agitábamos la bandera de la rebeldía y la anarquía. Contrabandeábamos casetes de Leuzemia o Narcosis.

Esa música estruendosa, como un grito de rabia o impotencia. Mientras, del otro lado del charco, llegaba música de los Sex Pistols, con temas como ‘God save the queen’ o ‘Anarchy in the UK’, dos temas que se convirtieron en himnos de nuestra generación. Canciones que eran una patada al establishment social europeo. Eran unos muchachitos de no más de 20, que impusieron una moda y un estilo de vida también. Renegados del orden, de la sobriedad, del statu quo. Fue un grupo disruptivo, una aplanadora social, verdaderos punks que encontraron la fama y no supieron qué hacer con ella.

Nosotros los escuchábamos sentados en la vereda del jirón, con litros de vinos baratos, alucinando que éramos esos desquiciados músicos que no tenían miedo siquiera para escupir contra su reina. Precisamente, hace algunos días vi la estremecedora película ‘Sid y Nancy’, de Alex Cox, que retrata la turbulenta relación amorosa que tuvo el bajista de los Sex Pistols con una drogadicta norteamericana.

En ciernes de su carrera musical, el descarrilado Sid Vicious (interpretado genialmente por Gary Oldman) conoce a Nancy Spungen (Chloe Webb), una norteamericana adicta a la heroína que lo introduce en ese pantano del que nunca pudo escapar.

Ella frecuentaba los antros punkis de Londres cuando puso el ojo en el joven músico, conocido por su mal humor, su agresividad, sus autolesiones. Alérgico al amor, Sid se enamora perdidamente de Nancy. Pasan noches interminables de sexo, alcohol y drogas.

A medida que el amor los va absorbiendo, la fama de los Sex Pistols se va disparando. Aunque es irresponsable por sus adicciones a las drogas y a su mujer, Sid es indispensable en la banda, y no por su talento musical, pues como bajista es terriblemente malo. Sino porque es ‘un desastre fabuloso. Un símbolo. Una metáfora’. Sid era los Sex Pistols porque encarnaba esa desfachatez underground.

La fama del grupo llega a la cúspide y con ella una gira a Estados Unidos. Temporalmente Sid y Nancy se separan. Será en esa gira –llena de caos, peleas, excesos- que el grupo termina por desarmarse. Entonces Sid inicia una corta carrera como solista. En esa temporada graba a su estilo: ‘My way’, una canción que interpretaba el astro Frank Sinatra. Aquella versión de Sid fue estremecedora por la rabia con que la canta.

Al mudarse a Nueva York con su amada Nancy, el uso de drogas de la pareja se vuelve incontrolable. Gastan todos sus ahorros, recurren a amigos, se encierran en el cuarto de su hotel y pasan días inyectándose. Es en esa circunstancia poco clara que una noche Nancy es apuñalada y muere. Sid fue arrestado, pero al poco tiempo salió en libertad bajo fianza. Cuatro meses después, un 2 de febrero de 1978, Sid moriría producto de una sobredosis, apenas con 20 años. Su vida fue intensa como un remolino, pero con su banda, liderada por otro loco como Johnny Rotten, fueron un parteaguas en el punk.

Muchos lo menosprecian, pues nunca fue un músico talentoso, y el foco fue sobre todo su vida caótica que cruzó todos los límites. Lo catalogan como un producto del marketing. Muy a pesar de todo lo que se dice, 47 años después de su muerte aún se sigue hablando de él y de los Sex Pistols. Aquel sábado por la noche, mientras caminaba por Quilca, deseé que esos muchachos de correas de púas y cabellos erectos no corran la misma suerte. Apago el televisor.

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