
Este Búho asiste a un nuevo proceso electoral. Estoy cuajado en estas lides políticas que se realizan cada cinco años. Lo sorprendente es que la carta del menú es cada vez más aberrante. Parece que los buenos políticos en el país se extinguieron como los dinosaurios.
Como periodista vengo cubriendo las elecciones desde hace casi medio siglo. Pero hay una que me marcó a fuego, la del 90, en la que participó nuestro más grande intelectual: Mario Vargas Llosa. A propósito, este 13 de abril se conmemora su primer año de fallecimiento. Por ello, me gustaría recordar la vida política de Varguitas, a propósito de mi lectura del libro ‘Biografía Política. Vargas Llosa, su otra gran pasión’.
Se trata de una publicación escrita por uno de los hombres más cercanos del premio nobel peruano: Pedro Cateriano, abogado, catedrático y político. El libro, editado y publicado por Editorial Planeta, es un relato minucioso, puntilloso y bien documentado sobre la agitada vida política de Vargas Llosa desde su adolescencia hasta el ocaso de su vida.
Pero no solo la política impera entre las páginas de este libro, sino la sazonan anécdotas y detalles desconocidos que tuvo a bien, y con buen criterio, revelar Cateriano sobre el arequipeño.
Por supuesto que la agitada vida política de nuestro más grande intelectual no inició con su frustrada candidatura presidencial, sino muchas décadas atrás, cuando descubrió un Perú en miniatura en el Colegio Militar Leoncio Prado, a donde llegó empujado por su padre para -pretendía- quitarle el afán y el vicio inútil de la literatura.
Ernesto Vargas –el padre- logró todo lo contrario, ya que fue en ese espacio donde Varguitas forjó a fuego su vocación literaria. Es más, esa formación castrense le sirvió en su oficio de escritor. Cateriano recuerda una anécdota en su casa de playa en Cerro Azul, pues mientras todos sus invitados disfrutaban del mar desde el amanecer hasta el almuerzo, el disciplinado Vargas Llosa se encerraba a escribir y leer para cumplir de manera cabal y habitual su horario de trabajo.
Era una rutina impostergable. Luego decidió postular a la Universidad de San Marcos. En esta casa de estudios la semilla termina de germinar y brotaron con firmeza sus ideologías políticas, que naturalmente fueron evolucionando conforme fue descubriendo el mundo y la naturaleza humana.
Pero siempre y hasta ahora enraizada en una firme convicción, la libertad como base fundamental de una sociedad. En la Decana de América, el escritor se adhirió al Partido Comunista, puntualmente a la célula clandestina ‘Cahuide’, en donde fue el camarada ‘Alberto’. Muy pronto se desilusionaría, pues descubrió una doctrina ‘vertical, sin posibilidad de discrepancia ni debate democrático’.
Desde su juventud abrazó el socialismo como una ideología que ‘crearía un mundo generoso sin explotados ni explotadores’ y cimentado en el respeto irrestricto a la libertad de opinión y de prensa.
En 1962, como periodista, llega a Cuba en plena revolución, ve una isla en jolgorio, que alaba y proclama a su comandante como un héroe. Se contagió de esa efervescencia.
Enseguida congenió con la revolución cubana, liderada por el dictador Fidel Castro.
Creía firmemente que ese era el camino para el desarrollo social, cultural, económico y político de América. Vio con ilusión ese socialismo ‘no sectario, que permitía la crítica, la diversidad y hasta la disidencia’. Creía que ese era el socialismo que tanto deseaba para las naciones y, sobre todo, para su país. Sin embargo, en el 66 se va contra la realidad, cuando la dictadura castrista revela su verdadero rostro, la de un régimen opresivo, intolerante, que atropella la libertad de pensamiento, de opinión y de prensa. Una dictadura que reúne en campos de concentración a delincuentes comunes, pero también a sus opositores, homosexuales y artistas.
Una desilusión total para Vargas Llosa. En una carta furibunda, junto a otros intelectuales, rompe relaciones con la revolución. Pero también marca distancia de sus colegas Gabriel García Márquez y Pablo Neruda.
El Nobel peruano diría en una entrevista sobre la decisión de Gabo: “Es mucho mejor para un escritor estar con Cuba que estar contra Cuba. Se libraba del baño de mugre que recibimos los que adoptamos una postura crítica”.
Este distanciamiento de la revolución cubana marcaría un parteaguas para el escritor, pues significaría su ‘libertad’, pero exactamente una libertad para decir lo que piensa sin hacer concesiones, ni aceptar chantajes.
Ya consagrado, se dedica a la docencia y es cuando viaja a Londres a enseñar. Este viaje marcaría un definitivo quiebre en su vida, pues descubrió la figura política de la ‘Dama de hierro’, Margaret Thatcher.
Entonces congenia totalmente con el liberalismo, un pensamiento del que no se alejó hasta el día de su muerte. Pero de ese Vargas Llosa ya hablaremos en otra columna. El libro está escrito, y es evidente, desde la admiración, el respeto y el cariño que Cateriano le tiene a quien lo adoptó como un hijo. Es una mirada en la que se analiza ese fuego político que ardió en las entrañas de Vargas Llosa hasta su último suspiro. Apago el televisor.
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