
Con la llegada del verano y el aumento de actividades al aire libre, muchas personas se exponen durante largos periodos al sol con la intención de lograr un bronceado uniforme, asociado erróneamente con belleza y salud. Sin embargo, desde la mirada médica, esta práctica implica riesgos reales para la piel.
“El término bronceado saludable no existe”, advierte el dermatólogo Orion Pizango. Lejos de ser un signo de belleza o bienestar, el bronceado es un mecanismo de defensa de la piel frente al daño solar. “Si una piel se broncea, significa que ya hubo daño”, explica. Incluso exposiciones breves, cuando se repiten o se prolongan en el tiempo, generan alteraciones celulares que se acumulan de forma silenciosa.

El especialista enfatiza que el daño solar es progresivo: no solo depende de cuánto tiempo se pasa al sol, sino de la frecuencia de las exposiciones a lo largo de la vida.
Aunque algunas personas aseguran broncearse ocasionalmente “sin consecuencias visibles”, el dermatólogo aclara que los efectos pueden aparecer a corto, mediano o largo plazo. Entre los daños inmediatos están las quemaduras, irritaciones e insolación. A largo plazo, los riesgos incluyen manchas en la piel, envejecimiento prematuro, pérdida de colágeno, aparición temprana de arrugas y, en los casos más graves, cáncer de piel.










