
Estudiado, leído y aprendido en los colegios durante las últimas seis décadas, el famoso poema ‘A cocachos aprendí’ fue obra del destacado poeta, decimista, periodista y difusor cultural afroperuano Nicomedes Santa Cruz.
Hoy, cuando se cumplen 34 años de su muerte, Nicomedes Santa Cruz sigue vivo en la memoria de los peruanos por el poema en que, con nostalgia, relata su paso por el colegio estatal (fiscal, entonces), donde otros se dedicaban a jugar, pelear y divertirse, pero no a estudiar y aprender.

Ello, lo dice en el poema, al final causa dolor al personaje que perdió el tiempo.
Nicomedes Santa Cruz, quien en realidad fue un buen alumno, se dedicó desde 1955 a escribir décimas (estrofas poéticas compuestas por diez versos octosílabos, de ocho sílabas, con rima consonante) sobre problemas nacionales e internacionales.
Como investigador rescató olvidadas formas musicales y poéticas afroperuanas.
Sus poemas e investigaciones, que le hicieron alcanzar fama internacional, permitieron la revalorización de la décima, una forma poética popular que estaba siendo olvidada.
Dentro de su obra, declarada Patrimonio Cultural de la Nación, figuran sus libros ‘Décimas’ (1959), ‘Canto a mi Perú’ (1966), ‘Ritmos negros del Perú’ (1973), y los poemas y canciones ‘Inga’, ‘Meme neguito’ y ‘A la molina’.
‘A cocachos aprendí’, poema completo
A cocachos aprendí
mi labor de colegial
en el Colegio Fiscal
del barrio donde nací.
Tener primaria completa
era raro en mi niñez
(nos sentábamos de a tres
en una sola carpeta).
Yo creo que la palmeta
la inventaron para mí,
de la vez que una rompí
me apodaron “mano ‘e fierro”,
y por ser tan mataperro
a cocachos aprendí.
Juguetón de nacimiento,
por dedicarme al recreo
sacaba Diez en Aseo
y Once en Aprovechamiento.
De la Conducta ni cuento
pues, para colmo de mal
era mi voz general
“¡chócala pa’ la salida!”
dejando a veces perdida
mi labor de colegial.
¡Campeón en lingo y bolero!
¡Rey del trompo con huaraca!
¡Mago haciéndome “la vaca”
y en bolitas, el primero…!
En Aritmética, Cero.
En Geografía, igual.
Doce en examen oral,
Trece en examen escrito.
Si no me “soplan” repito
en el Colegio Fiscal.
Con esa nota mezquina
terminé mi Quinto al tranco,
tiré el guardapolvo blanco
(de costalitos de harina).
Y hoy, parado en una esquina
lloro el tiempo que perdí:
los otros niños de allí
alcanzaron nombre egregio.
Yo no aproveché el Colegio
del barrio donde nací…
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