
Muchas personas aprenden a amar desde la renuncia constante: ceder, callar, adaptarse y aguantar.
Confunden amor con sacrificio excesivo y compromiso con anulación personal. Sin darse cuenta, se van perdiendo dentro de la relación, dejando de expresar lo que sienten para evitar conflictos o abandono.
El amor sano no exige desaparecer ni traicionarse para sostener un vínculo. Cuando amar duele, desgasta o genera miedo a ser uno mismo, algo necesita revisarse.
Desde la psicología sabemos que el apego inseguro, la baja autoestima y las heridas emocionales no resueltas influyen profundamente en la forma en que nos vinculamos. Amar empieza por uno mismo: por poner límites, escucharse y respetarse.

Una relación no debería pedirte que te abandones, sino invitarte a crecer. El verdadero amor no controla, no invalida ni minimiza. Amar sin perdernos es aprender a compartir desde la integridad emocional y no desde la carencia afectiva.
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