
Rita, de 70 años, acaba de jubilarse luego de haber trabajado como enfermera durante cuatro décadas; es soltera y no tiene hermanos. Me cuenta que se siente sola, pues el hospital donde trabajaba representaba todo su mundo.
Los días se le hacían eternos, lloraba, estaba triste y no tenía ganas de hacer nada. Estaba deprimida y me pidió un antidepresivo.

Le dije que no todos los problemas se solucionaban con medicinas, que tenía que utilizar bien su tiempo en actividades productivas, como la jardinería, la lectura o tener una mascota.
Justo por esos días le regalaron un perrito al que llamó Timoteo. Al comienzo, la mascota no se adaptaba a su nuevo hogar y se ensuciaba en la sala, pero Rita le enseñó buenos modales.
Así, se convirtieron en amigos inseparables; iban juntos al mercado y al parque. El ánimo de Rita cambió y la depresión se fue sin medicinas gracias a Timoteo, que, más que una mascota, es un amigo.










