
La tarde parecía una más. Sin sobresaltos, sin señales extrañas. Manolo Rojas estaba donde siempre: frente al micrófono, haciendo lo que mejor sabía. Reír y hacer reír. Nadie imaginaba que esas serían sus últimas horas al aire.
A las 4 de la tarde, como cada jornada, el comediante participaba en el programa ‘Los Chistosos’ de RPP, acompañado por Daniel Marquina y Hernán Vidaurre. El espacio avanzaba con la misma dinámica de siempre, entre bromas, comentarios y ocurrencias.

Fiel a su estilo, Manolo abordaba la coyuntura política —en ese momento, el debate 2026— con humor. Convertía lo complejo en sencillo, lo serio en risa. Y esa tarde no fue diferente.
El ambiente en cabina era el habitual. Risas que iban y venían, intervenciones espontáneas y esa complicidad que había convertido al programa en uno de los favoritos del público.
UNA HISTORIA QUE HOY RESUENA DISTINTO
En medio del programa, Manolo decidió contar una historia. Una más de las tantas que solía compartir. Pero esta vez, el relato tomó un peso distinto con el paso de las horas.
“De que una señora a las cuatro de la mañana se levantó porque estaba pasando la procesión, salió a ver y se comenzó a persignar”, empezó, captando la atención de todos. Su tono era el de siempre: pausado, narrativo, envolvente.
La historia avanzaba entre detalles y suspenso. Una mujer, unas velas, una promesa de regreso. “Una señora le entregó, le dijo: ‘¿Puede guardarme estas velas? Mañana paso por mis velas’”, relató, manteniendo la expectativa.
En cabina, sus compañeros seguían atentos. El relato crecía y el giro no tardó en llegar. “Al día siguiente, abrió el paquete de las velas de curiosidad…”, continuó, generando tensión en el ambiente.
Fue en ese momento que Daniel Marquina intervino con un “No”, anticipando lo que venía. Y entonces llegó el desenlace: “Y eran unos huesos”, soltó Manolo, entre lo inquietante y lo anecdótico.

ENTRE RISAS, MISTERIO Y UNA DESPEDIDA SIN AVISO
La historia no terminó ahí. Como siempre, Manolo le dio un cierre que mezclaba tradición y misterio. “Se llama la procesión de las ánimas, porque toda esa gente de esa procesión eran ánimas que pasaron a esa hora”, explicó.
En ese instante, el relato fue solo una anécdota más dentro del programa. Una historia que provocó sorpresa, comentarios y reacciones en cabina. Nada fuera de lo habitual.
Pero horas después, todo cambió. La noticia de su fallecimiento transformó ese momento en algo más. En un recuerdo que hoy muchos interpretan de otra manera.
El programa había transcurrido con total normalidad. Manolo cumplió con su trabajo, interactuó con sus compañeros y mantuvo el ritmo que lo caracterizaba.
No hubo despedidas. No hubo señales. Solo una rutina que se desarrolló como siempre, hasta que dejó de serlo.
Ese último programa se convierte ahora en un registro imborrable. No solo por lo que se dijo, sino por lo que representa: el cierre de una vida dedicada al humor.
Manolo Rojas murió a los 63 años, dejando atrás una trayectoria marcada por la constancia y la conexión con su público.
Hoy, su voz sigue resonando en ese último relato. Entre risas, misterio y palabras que, sin saberlo, se convertirían en parte de su despedida.
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