
Un hombre en su laberinto organizado es un tipo ordenado. El periodista Fernando Díaz es la prueba de que siempre se puede ser mejor y que detrás de un ser ganador hay una familia que es apoyo y sostén para que lo positivo se fortalezca y lo negativo se camufle hasta desaparecer.
Esta entrevista mostrará el desorden perfecto de un tipo responsable. En los pasillos de Latina, el periodista Fernando Díaz camina pausado, pero está corriendo detrás de sus propios pensamientos. El hombre que sostiene con solvencia y carisma el programa ‘Arriba mi gente’ asume que su mente es un eterno rompecabezas, al que casi siempre le falta una pieza que la tiene, pero que ha olvidado dónde la dejó. Un tipo exitoso que ha superado sus defectos y ha sacado el mejor provecho a sus virtudes, y por eso le va muy bien en la vida.
Fernando, ¿tienes la condición del TDA (Trastorno por Déficit de Atención)?
No me han diagnosticado, pero por familiares que sí lo tienen, creo que yo también.
¿Has pasado cosas complicadas?
Una vez me iba a México y me olvidé de llevar el pasaporte.
¿Otra anécdota?
Fui en mi carro a realizarme exámenes en una clínica, pero justo vino la móvil del canal y volví a mi trabajo.
¿Qué sigue?
Cuando acabó mi día, fui al estacionamiento y no estaba mi auto. Desesperado, avisé a los de seguridad y me dijeron que nunca había entrado.
¿Reaccionaste?
Ordené ideas, recordé que lo había dejado cerca del laboratorio y fui a recogerlo.
¿Y cómo vas superando ese inconveniente?
Llego a casa y guardo todo en una cajita. Ese es mi punto de referencia.
¿Qué cosas pueden pasar?
Me atrapa una conversación y puedo dejar todo olvidado.
¿O sea?
Que a veces se bordea la irresponsabilidad sin darte cuenta.
¿Tu esposa te entendía?
Vivir con una persona que 24/7 se olvida de cosas, de hecho, te puede volver loca. Me decía: ‘Yo no soy tu memoria’.
¿Algo que realizas constantemente para evitar estos impases?
Tocarme si llevo la billetera, sentir mi celular. Es un recuento que hago siempre.
¿Y con tus niñas?
Me cuentan algo y me olvido. Por ejemplo, la mayor me pide que la lleve a una fiesta y le pregunto: ¿Quién cumple años? Y responde: ‘¡Papá, ya te dije!’.
Parece broma, pero no lo es...
Mi hija renegaba: ‘Ya no te voy a contar nada porque te olvidas’. Y eso me dolía.

Un día me afirmaste que estabas trabajando en tu autoestima...
Más que nada, era reforzar el tema de ‘creérmela’.
¿Eso cómo se entiende?
También se llama el síndrome del impostor’.
Desarrolla la idea...
Crees que nada de lo que te ocurre es producto de tu mérito o esfuerzo. Sientes que te cayó del cielo.
O decimos ‘Gracias a Dios’.
Exacto. Y yo cada vez soy más consciente de que sirvo para muchas cosas.
¿Eras muy humilde?
Nunca me he sabido vender como los argentinos. A veces es una falsa modestia o un exceso de humildad.
Lamentablemente, eso es bien peruano.
En mi caso viene de mi papá. Hacía muy bien las cosas, pero no decía que él lo había logrado.
¿Debemos ser ambiciosos?
No es malo, pero la gente relaciona ambicionar con codiciar.
Carlos Bilardo, técnico campeón mundial con la selección argentina, afirmaba que conformarse es de mediocres.
Totalmente de acuerdo.
¿Has sido conformista?
Me he repetido: ‘Estoy bien aquí’, ‘¿Para qué me voy a ir?’, ‘No me muevo, qué miedo’.
Es muy fuerte lo que mencionas...
Todos los fines de año los canales renuevan su personal y cuando sonaba mi celular y era un número que no conocía, sudaba frío.
¿Por qué?
Es que me podían ofrecer trabajo.
¿Y cómo decidiste salir de ATV?
Me llamó Ivón Álvarez, productora del canal donde ahora estoy, para saber si deseaba escuchar propuestas.
¿Qué respondiste?
Sentí un vacío en el estómago y solo pregunté: ¿Para qué es? Y me contestó que vaya, que me reúna.
¿Fuiste?
Pensaba en todo lo que podía pasar y, llegando a casa, le consulté a mi esposa.
¿Qué más?
Me dijo que escuche.
¿Y?
Me recibieron y me comunicaron que para el programa matutino necesitaban un periodista y encajaba en el perfil.
¿Era buen billete?
No hablamos de dinero, solo si me interesaba. Pasaron los meses y no me llamaban, y yo pensaba que era mejor que fuera así.
¿Cuál era tu preocupación?
Tenía miedo de que se filtre la información y sepan que me reuní con los del otro canal. Además, ¿cómo decirles que me voy cuando me habían tratado muy bien?

¿Tu señora no preguntaba sobre el tema?
Sí, y le respondía: ‘Seguro ya eligieron a otra persona’.
La historia cuenta que te llamaron, ¿cuánto pediste?
Soy pésimo negociante. Pero mi mujer me aclaró que dejaba un lugar donde estaba en planilla, lo que iba a dejar de cobrar, y puso una cifra. ‘Esto pide’, fue su frase.
¿Fue contigo?
No, ya sería terrible, je, je.
¿Aceptaste?
Sí.
¿Se lo consultaste a tu gran amiga Andrea Llosa?
Claro, y me respondió: ‘Hace rato debiste irte de acá’.
¿Sientes que fue para bien?
Ese salto trajo cosas positivas y hasta apareció el programa de radio. Es que ya me las creía.
Ahora, ¿qué te hace reflexionar?
El futuro de mis hijas, estar cerca y acompañarlas cuando les toque vivir cosas.
¿Tienes calle?
No he sido ni palomilla, ni el pendejo del barrio, pero sí me he parado al borde del abismo para sentir el riesgo del vértigo.
¿Por qué lo hiciste?
Por curiosidad y saber cómo es por dentro, y no es para juzgar.
¿Conclusión?
Lo peor que puede tener un periodista es ser prejuicioso.
Muchas gracias.
Un gusto siempre tener este tipo de conversaciones con ustedes.
Se fue con ese apretón de manos y nos dio una palmada que sabe afectuosa. Como diría un disco de Andrés Calamaro: “Esta fue una conversación con ‘Honestidad brutal’”.










