¡Lima rugió con la loba! En su segundo concierto en el Estadio Nacional, Shakira salió al escenario a las 8:30 p.m exactamente entre el grito del público. Desde temprano, los alrededores del estadio se llenaron de miles de fans con vinchas, banderas, purpurina dorada y hasta accesorios en la cadera, buscando sumarse a la fiebre de la colombiana.
Después de su popular ‘Caminata con la loba’, en donde estuvieron figuras como ‘Cachaza’, Flavia Laos, Mayra Goñi y hasta incluso Zumba, el recinto se llenó de aplausos y la euforia de sus seguidores. Shakira arrancó con una versión poderosa de “Girl Like Me”, acompañada por un cuerpo de baile que parecía seguir un mismo pulso eléctrico.
La artista mantuvo un ritmo imparable durante las dos horas que duró el show. Alternó hits clásicos con su reciente repertorio que mezcla desahogo, empoderamiento y un filo directo que el público celebró. Cuando interpretó “Monotonía”, varios de sus fans se emocionaron hasta las lágrimas.
Sin embargo, el momento más emotivo de la noche sin duda fue cuando Shakira interpretó “Acróstico”, la melodía que compuso para sus pequeños. Visiblemente conmovida, dejó escapar una sonrisa temblorosa mientras en las pantallas aparecían imágenes alusivas a sus hijos, a quienes dedicó la canción. La voz se le quebró por segundos y el público respondió con un coro suave que terminó de envolverla.
Pero la fiesta no tardó en volver a estallar. “Te Felicito”, “TQG” y “BZRP Music Sessions #53”, fueron coreadas con gran emoción. La colombiana bailó sin reservas, mezclando diferentes pasos con ritmos urbanos y ese estilo suyo que combina sensualidad con una energía casi salvaje. El público respondió igual: no hubo un solo minuto en el que las tribunas dejaran de moverse.
Desde las primeras canciones quedó claro que la colombiana venía con la consigna de entregarlo todo. Su voz sonó firme, poderosa, y su carisma llenó cada rincón del Estadio Nacional. Las pantallas LED reforzaban la experiencia con visuales vibrantes que acompañaban cada cambio de ritmo, mientras el público respondía con gritos que competían con el sonido del escenario.
La puesta en escena fue otro de los puntos altos del concierto. Coreografías impecables, músicos que mantuvieron la energía en lo más alto y un diseño de luces que convertía cada canción en un universo distinto hicieron que el show se sintiera más cinematográfico que musical. Los fans, muchos con carteles luminosos y otros con looks inspirados en las distintas etapas de la cantante, no dejaron que la intensidad bajara ni un segundo. La química entre Shakira y el público fue tan inmediata que cada canción se transformó en un momento compartido, casi íntimo, a pesar de las decenas de miles de personas presentes.
A medida que el concierto se acercaba a su final, la energía en el Estadio Nacional parecía no tener techo. La colombiana se movía con la misma fuerza del inicio, recorriendo cada extremo del escenario y provocando gritos que retumbaban en todo el recinto. El público peruano, completamente entregado, saltaba, aplaudía y coreaba su nombre como si quisiera prolongar la noche para siempre. Era evidente que la conexión entre la artista y sus fanáticos seguía intacta: una complicidad electrizante que convirtió los últimos minutos del show en una verdadera celebración colectiva, donde todos, sin excepción, la pasaron increíble.
Al final, mientras las luces del Estadio Nacional se apagaban y el eco de los últimos aplausos aún flotaba en el aire, quedó claro que Shakira no solo ofreció un concierto, sino una verdadera celebración emocional y poderosa. Los asistentes salieron entre risas, lágrimas y videos que querían conservar para siempre, comentando cada momento como si hubieran vivido una confesión colectiva. Lima la despidió con el mismo fervor con el que la recibió: convencida de que había sido testigo de una noche histórica, de esas que se recuerdan durante años y que confirman que, cuando la colombiana pisa un escenario, la ciudad entera late al ritmo de su corazón.
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