Recordando a su amigo en uno de los murales más famosos del puerto (Foto: Ernesto Quilcate)
Recordando a su amigo en uno de los murales más famosos del puerto (Foto: Ernesto Quilcate)

Allá donde el mar se agita, los hombres construyen sus futuros montados en una chalana y los chicos corren tras una pelota para escapar de los vicios que les pueden arruinar la vida, el nombre de Carlos Flores es el de una especie de “santo”; quizá podría decirse que es la versión masculina de “Sarita Colonia”.

Jugó al fútbol como pocos, defendió la camiseta de Sport Boys del Callao como el mejor de los hinchas, se rio de la vida, se carcajeó de los “cucufatos”, vivió como le gustó y lo quisieron al borde de la adoración.

El puerto no lo olvida, pese a que ya pasaron seis años de su partida, y los privilegiados que caminaron con él tienen miles de historias por contar. Roberto Valenzuela, hijo predilecto de Chacarita, conocido como “Vale-Vale” y exjugador profesional de clubes como Universitario de Deportes, Deportivo Municipal y la “Misilera”, define a su amigo a través de cinco historias increíbles.

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La Navidad que me “regaló” Kukín

Un 24 de diciembre, cerca de las 4:00 p. m., desesperado por no tener nada para llevar a mi mesa en Nochebuena, decidí tragarme el orgullo y buscar a “Kukín” en su casa. Toqué el timbre bastante temeroso y salió su esposa, Roxana. Le pregunté por Carlos y me dijo: “Está descansando en el cuarto. Pasa y búscalo”. Entré y estaba echado; solo una sábana lo tapaba. Me vio y, sonriendo, me dijo: “¿Qué pasa, Robinho?”. Le expliqué que necesitaba dinero porque no tenía nada para la cena familiar; él señaló un cajón y me dijo: “Agarra 300 soles y no te vayas a robar el reloj que también está ahí”, soltando una carcajada. Esa noche comimos en casa panetón y algo más gracias a él.

El ‘Lechucero’

Él caminaba por cualquier lugar del Callao y la gente lo elogiaba y protegía. Le gustaba buscarme a eso de las 4 de la mañana; no tocaba el timbre ni llamaba al teléfono, simplemente gritaba desde la pista: “¡Valenzuela!, ¡Valenzuela!”. Yo salía preocupado, pensando que algo malo le pasaba, pero estaba frente a mi puerta con una botella de whisky en la mano, pidiéndome que lo acompañara a tomar. Era tan callejero que, cuando le decía que pasara, me respondía: “No, no, acá nomás”, y amanecíamos brindando en la calle. Me contaba de su vida y de sus preocupaciones.

Fueron compañeros en Sport Boys (Foto: Ernesto Quilcate)
Fueron compañeros en Sport Boys (Foto: Ernesto Quilcate)

Un verdadero líder

Era un líder nato, de esos que cuidan a sus compañeros. Reconozco que fui irresponsable y malcriado cuando estuve en Sport Boys; pese a vivir muy cerca de donde entrenábamos, llegaba tarde. En ese tiempo, el técnico era César “Chalaca” Gonzales, quien con justa razón se molestaba, no me tomaba en cuenta y a veces no quería que entrenara con el grupo. Pero él cometía un error: tenía un grupo de muchachos a los que les pasaba por alto ciertas indisciplinas. “Kukín” se lo reclamaba: “¿Por qué a Valenzuela lo castigas y a los otros no? Déjalo que trabaje con todos y que juegue”. Y lo hacía cambiar de idea.

La elegancia

Jamás lo ibas a ver mal vestido o descuidado. Era un hombre que cuidaba mucho su apariencia. Si te citaba para salir, lo encontrabas con su mejor ropa, siempre de marca, y un reloj que definía su elegancia. Le gustaba cuidar su imagen para que, por donde fuera, las personas lo vieran bien; nada de exponerse a que alguien lo mirara mal por estar con ropa sucia o rota. A donde iba lo veías bien “charli” y amable con todo el mundo.

El Hijo del Puerto

Es el único habitante del Callao que podía ir con su auto, meterse a una fiesta y dejar el carro en la esquina de cualquier barrio. Jamás le robaron una llanta, los retrovisores ni nada de su vehículo. Lo normal era compartir en una reunión, salir después de pasarla bien y ver cómo los chicos le decían que su carro estaba bien cuidado. Eso pasaba en todas las zonas del puerto. Por eso él encarna al chalaco y la gente lo quiere. Podía ir a cualquier lado a la hora que fuera; se estacionaba y lo aplaudían, los bandidos lo recibían con palmas y todos querían tenerlo cerca. Por eso ha sido un orgullo ser su amigo.

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