
Hola, ¿qué tal, amigos? Quiero agradecer a todos nuestros seguidores que se han ‘devorado’ el segundo programa de ‘Lateando con Puchungo’, junto a mi compadre Balán Gonzales, en una charla más que entretenida por las calles de Gambetta. Hoy tenemos un nuevo programa y nos tocó venir a un territorio bien chévere y elegante. Atrás mío tenemos las ‘caras de Atahualpa’, las famosas ‘caras de Atahualpa’, donde antes venían los cantantes a presentarse y con todo el barrio se llenaba. Es territorio de mi hemano: Miguel Rebosio.
Allá están, aunque ahora las han pintado de blanco. Y acá, al costado, está el barrio Milán, para que la gente se ubique y sepa exactamente dónde nos encontramos.
Esto es Miroquesada. Mi barrio está a la espalda, justo. Esta es la cuadra 10 de Miroquesada; yo soy de la cuadra 10 de Lazareto.
Este es el centro del Callao, acá estamos justo en el centro del Callao. Vamos con un personaje muy querido acá, muy, muy, muy querido. Adorado por toda esta zona.
Acá, a la mano derecha, tenemos el mercado del Callao; para allá y para allá tenemos las avenidas República de Panamá y Guardia Chalaca; salimos por allá. El puerto está atrás, La Punta está atrás. Para que se guíen más o menos dónde estamos.
Ahora vamos a buscarlo al hombre, que estará por acá, el hombre, ‘mataperreando’ como siempre. Nos vamos a contar todas las anécdotas que el hombre tiene, habidas y por haber. Yo conozco algunas, pero otras no, porque este era su barrio, este era el dueño del hombre. A veces llegaba para allá, para el barrio, pasaba corriendo para el parque donde vamos a llegar ahora.
El parque Ramón Castilla, que también fue el lugar donde este personaje la pasó de maravilla. Así que vamos a buscar a mi compadre. Tengo que comenzar a decirle compadre, el gran Miguel “el Conejo” Rebosio, en su zona.
A latear...
Acá está mi cumpa, su barrio, el dueño, el dueño. Es dueño de todo, ¿Cómo estás, compadre?
Bien, acá, pues. Mira, es la primera vez que veo tantos carros, y de marca.
¿Estás limpiando carros?
Este es un autoservicio, jajaja.
Cumpa, está elegante. ¿Esta es el jato de los Guillén, no?
De Guillén. Ahí vivían Lucho y Néstor, y Nancy, su tía de 28, ¿te acuerdas?
¿Ella pasaba por el barrio siempre?
Claro.
¿Por qué? Siempre se iba bien elegante.
Es que ella trabajaba en un banco muy conocido acá en Perú. Pero muy elegante, muy todo.
Ese era el portón igual. La ‘jato’ era 1044, la zona de ustedes.
No, no, mi casa es allá. Solamente que mi vieja ha invadido acá, jajaja.
Los Rebosio están invadiendo todo el barrio. Vitucho, ya no vengas, ya ni vengas.
Escúchame, y la verdad, de toda esta cuadra, la casa más grande era la que sigue siendo esta, que había un barco de madera adentro.
¿No es una oficina eso?
No sé ahora, pero la han remodelado, pero había un barco, era como un depósito, había un barco. Sí, un barco de madera, un buque…
¿Una lancha?
Una lancha, pero grande, ¿ah? Era grande, grande.
Es que el puerto tenemos al fondo.
Claro, claro. Yo me sentaba ahí normal. Estas eran de las mejores. También estas eran de las mejores.
¿Sabes quién vivía aquí, en la primera, en la primera rejita ahí? El maestro Frías, de Ovación. El papá de Pepe Lucho.

¿Él vivía acá?
Claro, vivía ahí. Claro, yo me acuerdo que acá una vez vino Pocho Rospigliosi, y era chibolito. Y el tío era muy conocido ahí.
Claro, con la gente de Ovación. Acá tenemos, para que la gente se guíe, tenemos el José Gálvez, el colegio hasta donde hoy voto yo todavía; nunca cambié mi DNI. Y a la izquierda estaba el San Antonio antes, de Menores, la primera.
Era una universidad, y en esa esquina donde tú ves que dice Nacional, todo eso, esa era la iglesia, ¿ves?
Qué loco, ¿no? O sea, cómo es la historia. Creo que nunca lo he hablado con mi compadre: mis padres, mi padre, que en paz descanse, y mi madre está viva, ellos... Ahora vamos a pasar ahí, en Miranaves. Miranaves tiene dos cuadras nada más.
Y ahí se conocieron, ahí nacieron, ahí se criaron mis viejos. Había un club ahí, ¿te acuerdas?
Alianza Miranaves. Y había un clubcito que paraban los tíos metidos timbiando.
Sí, también.
Puchungo: Y se metía más líquido también ahí, a la vuelta.
Mi compadre, esta es tu zona. Casi toda la gente vive por acá aún, ¿no?
Sí, sí. Algunos, pero algunos ya, los más grandes, se han ido a Estados Unidos. Bueno, la verdad, la tía no sé.
La tía cerró, pe. Esta era la esquina. Esta es Miranaves, la cuadra de los viejos.
Acá, en esta casa ahí, es la de... Cucaracha.
Claro, Cucaracha con Perico, ¿no? Con Perico, su hermano.
Acá vivía Kike y una familia, y acá vivía el gran Perro Seco. ¿Vivía acá? Al fondo, vivía acá.
¿Qué hacía en la esquina del barrio, Perro Seco? Dime.
Aquí paraba, acá, y acá conversaba con los Guillén. Lo que pasa es que acá, en esta puerta, solamente había aserrín y podías comprar tus galletitas, pero en la parte de acá, donde está la ventana, no. Ahí había un sitio para meter y eran esas cantinas americanas.
El ‘Conejo’ y su bicicleta de Estados Unidos
Una vez yo viajo a Estados Unidos, como siempre, en Cantolao. Y los peruanos allá se portan, los de Texas, Dallas. Fui con el profe de Chalaca González.
Y el profe nos llevó a Lolo, que es de Corongo, quien te habla. John Jaramillo, creo, y Tenemas. Y al único que le dieron una bicicleta de carrera fue a mi compadre Lolo, que era ya el topcito, el mejor.
Y a nosotros, los becaditos, nos dieron una BMX. Así que yo vine con mi BMX, en mi barrio, todo. Y un día salgo y Lucho, un causa que era vago, me ve con la bicicleta nueva.
Y, sobrino, préstame tu bicicleta pa’ darme una vuelta. Se la di y le dije: “Yo te espero acá sentado”. Lo esperé sentado y, para su mala suerte, mi viejo viene de la chamba o sale. Y yo estaba sentadito esperando y no venía.
Y mi papá, el tío ‘Popeye’, me pregunta: ¿Tu bicicleta? No, Lucho se ha ido a dar una vuelta.
¡Cómo que Lucho! Justo llega Lucho. —exclama su papá—. A mi hijo, que sea en la primera... —Lucho—: No, tío, que es una vueltita. Pero lo parchó más rápido. No, pero aquí nadie se metía con nadie de acá.

El día que una rumba lo libró de una sanción en Sporting Cristal
¿Había rumbas acá?
No, la única rumba de la que yo me acuerdo fue cuando yo estaba en una Sub-17, que fue en el año 92, 93.
Fue una cuadra de allá donde, ¿te acuerdas?, que tú hablas de José Gálvez. A mitad de cuadra había un grifo, había un grifito, chiquitito, pero estaba la tetona de esa cuadra. La gorda Mabel. Prima, te quiero.
Ahí una vez hicieron una fiesta y, por ese día, hasta que llegué tarde a jugar por el Boys. En realidad, yo soy bien puntual, me he caracterizado por eso, y ese día hasta que salí, mi mamá me decía: “No, entra, que tienes que jugar”. Hasta que salí y volví a entrar.
Y así estaba. Y, en eso: “Uy, tengo que ir a doscientas millas”. Y me voy a doscientas millas y llego tarde.
Y Emilio no me da ropa. Y yo le digo: “¿Por qué no me vas a dar ropa?”. “No, que no puedo”. “¿Cómo que no puedo?”. Y estaban calentando todo.
Viene Varguitas, que en paz descanse. Y ahí donde me dice él: “Tú no puedes jugar”.
“¿Cómo no puedes jugar?”. “Sí, porque has firmado por Cristal”. O sea, por llegar tarde, menos mal; si jugaba, me suspendían, iba a tener problemas, porque te suspendían dos años.
Infancia del ‘Conejo’ Rebosio
¿Cuál era tu banda que parabas jodiendo por acá siempre tú?
Por acá no mucho, porque yo sí, a ver, yo cruzaba para irme a ver a mi abuelo. Y yo te veía así, en tu barrio te veía así, así te veía. ¡Ah, sin polo, todo flaquito, pelucón!
Ahora vamos a ver por dónde, porque mi compañero salía de acá, de Miroquesada. Esta es Tacna Norte, que llega hasta la principal, que es Sáenz Peña, y al parque Ramón Castilla, que es famoso por nosotros.
¿Te acuerdas de los juegos que había en el parque? Se pusieron unos juegos allá. ¿La silla voladora?
Claro.
Acá había algunos artistas, mira, acá está. Mi tío de Zaperoco, una de las primeras voces de Zaperoco acá. También, este es Tacna Norte. Acá también ha habido buenas rumbas, mi comadre Fara.
Claro. Este era mi camino sí o sí para ir a ver a mis abuelos.
Ahí, en el parque. Cuando jugaba también carnavales, esos carnavales, esos carnavales que eran los verdaderos carnavales. Ahí también mi tío hacía, mi tío que en paz descanse, Charanguita.
Hacía los festivales ahí, ¿viste?
Es su territorio, mi compadre.
Ese es su barrio. No, es mi barrio, no.
Yo tengo un barrio, Lazareto.
¿Ya lo viste? Miroquesada, todas las manzanas. Porque Arequipa Norte también. Y Atahualpa y Falta.
Acá está El Tripulante.
Es un restaurante que se ha hecho muy famoso desde ahora.
Yo conozco a El Tripulante desde la vuelta de mi colegio, en Don Bosco.
Yo no. Yo lo conocí acá recién. Siempre yo lo veía.
Y como en las redes, ¿no? Le iba regular, venía su gentita, pero no tenía mesa afuera. Salió un TikTok. Mira, hasta ‘Ami’ tiene chamba ahora.
¿Te acuerdas acá? ¿Tú no jugabas mucho, ¿no? Es que tú, cuando yo tenía 10 años, tú tenías 16. Claro.
La ‘batida’ cargó a Puchungo y lo sacó con las manos atrás
Acá yo tengo una buena, compadre. Acá estábamos en la esquina, todos parábamos, escuchando música.
Robábamos luz de acá para poner para el equipo. Y “¡batida!”, gritan. Gritan “¡batida!”, compadre.
Y los palomillas saben dónde arrancar, ¿ves? Lalo y yo. Arrancamos luego, nos metimos al edificio.
Le tocábamos la puerta a la tía. Las tías no nos abrían porque se paró el gusano acá. Todo el gusano, el patrullero, dice, grandazo. Todos los tombos, compadre, esperando que salgan los rateros.
¿A quién han chapado? Yo y Lalo. Se metió todo el barrio. Bajó mi mamá, estaba arriba. Y nos sacaron arrancados. Nos arrancharon, pero era un chongazo. En ese tiempo era batida.

A mis 10 años era mi primer viaje a Europa. Puchungo, ya conocido. Todo joven en el barrio quería seguir los pasos de él.
Yo tenía que viajar y mi vieja hace una polladita. La idea era sacar algo y darme aunque sea 100 dólares.
Como bolsa de viaje.
Los viejos estaban comiendo su pollada y tomando su cerveza. Nosotros jugábamos ahí con la gente del barrio. Y viene mi tío Charanga. Paramos el balón. Una sorpresa dijo: Y entras tú, ¡Puchungo!.
Normalmente pasábamos y te saludábamos. Y tú, obviamente, respondías. Pero no teníamos esa afinidad. Nos tomamos una foto. Esa foto, no sé si mi vieja la tenga.
Acá no había muchos árboles, pero yo jugaba ahí entre los árboles. A veces jugábamos béisbol.
Había lo de las chapas también. ¿Cómo se llama esa? Tirabas a las chapas y salías arrancado a correr. Acá, en el parque, se jugaba... ¿Kiwi? Kiwi, ¿no? Jugábamos en el barrio.
También jugábamos palito chino, trompo, pero aquí no había muchos árboles y metíamos dos árboles contra dos árboles. Ahí jugábamos. Después, con la gente ya mayor, cuando yo también ya me atrevía a poder chocar un poquito, jugaba con Tico.
Le dieron vuelta a Ramón Castilla en su parque
Este es el famoso parque Ramón Castilla.
Este es el parque Ramón Castilla, que es diferente. De repente tú te acuerdas, compadre.
Había para subirse, era negro. Y había varios escalones.
Varios escalones. Te ponías por acá, por lo menos te parabas hasta acá. Y después ya subías, ¿no? Claro, ¿te acuerdas? Y esto era negro.
Claro, era negro. Era de un tipo porcelana. Una vaina así, ¿no? Pero era bacán. Y estaba la placa para acá y todo lo demás, ¿no? Oh, verdad, Ramón Castilla lo han cambiado.
Ramón Castilla miraba para allá antes.
Es su nieto.
Qué chévere recorrer tu barrio después de tiempo. ¿Tú nunca dejaste de venir?
No, yo no. Porque yo, un tiempito, bueno, aparte de salir a jugar afuera, después ya viví por Surco, por Chacarilla. Pero no. No hay cómo dejarlo.
Bueno, mis viejos ya también ya están en una edad. Mi hermana en Italia, mi otra hermana en Pucusana, normalmente ella viene.
Pero ahí estoy pendiente de los viejos. Mi vieja siempre se reúne con sus amigas. Eso es lo lindo también. Mi viejo ahora no mucho. Ahora, con el Mundial, ve los cinco primeros minutos y se levanta a los 85.
‘Pachín’ el Víctor Manuel del Callao: ¡eeeehhhhhh!
Puchungo: Este era cargosazo. Estábamos en la esquina y pasa un heladero. Se le había colgado al heladero y no quería bajarse. Y el heladero: “¡Bájate!”. Y aceleraba: “¡No!”. Y frenó el heladero, frenó, se cayó de cabeza.
De ahí comenzaron los huecos en las pistas, las veredas.
¿Gente de tu zona, de tu barrio, como hablaste de ese chico Lolo, que has estado siempre con ellos, ya no los ves, los tienes lejanos? ¿Siempre se reúnen con la gente de tu barrio?
Hace poquito nos hemos reunido, claro. Se nos antojó un ceviche y, como recién tenemos un WhatsApp del barrio, nos juntamos, ¿no? Pero ya algunos están fuera. Como te digo, mi amigo Harry, él vive hasta ahorita, creo, en Monterrico. Se vino hasta acá, al barrio. No nos veíamos años de años, pero hay gente que sí se reúne.
Hay gente más adulta, de 56, 60 años por ahí, que ha hecho su vida en Estados Unidos, porque un tiempo casi la mayoría se arrancaron todos. Pero los pocos que quedan están ahí.
Los Cañas, Walter, Giovanni está acá. Giovanni vive acá, pero Walter, Caña, Miguel, ellos están por aquí, algunos, y algunos están en Chile.
La balacera y el llanto de Waldir Sáenz en Iquitos
Hay una anécdota con mi compadre que tuvimos en Iquitos. ¿Recuerdas? En Iquitos fuimos a jugar un partido y nos llevó un muchacho a jugar, a Waldir, a mi compadre y a mí. Y el muchacho que nos llevó era pesadilla, el muchacho se huasqueaba.
Lo que pasa es que nosotros llegamos después, creo que tú tenías tu familia por allá. Entonces nosotros llegamos en la noche, con un hambre, sobre todo con un hambre, y nos llevaron para allá, para la reunión, de frente al aeropuerto. Y la gente ya estaba en un concierto. Nosotros llegamos con las maletas y nos dicen: “Dejen aquí nomás”.
Compadre, quiero comer. Y la gente, todos los que estaban tomando. “No dan comida, vamos a otro lado”. Y el tío pensaba... Se pone el chofer, se pone... Creo que tú estabas adelante, Waldir estaba acá, yo al medio.
Y el tío estaba con la pistola —onomatopeyas—, comienza a rastrillar para ya botarle todo y quedaba una. “Sácale todo bien, compadre” —indica Rebosio—. Y hago así, ¡pum!, metí un balazo y justo los casquillos caen adentro del carro.
Cuenta lo del restaurante...
Llegamos a la pollería, estacionados, con nuestra maleta. Waldir, yo, mi compadre, comiendo. Y cuando bajan: carro para allá, camioneta para allá, rodeando. Yo tenía mi morral, yo tenía la pistola y mi compadre tenía la cacerina. Todos nerviosos.
“Tranquilos”. Entraron con fierro largo: “¿Qué ha pasado?”. “No sé”. Y nosotros seguíamos comiendo tranquilos.
Se metieron al baño, segundo piso, después se fueron. Después nos vamos en mototaxi al hotel. Las maletas estaban en el carro. Como a las 3 de la mañana volvieron, tocaban la puerta. Waldir no quería abrir.

En una que abre su ventana y abro su puerta, agarro el fierro y lo meto debajo de la almohada de Waldir y después me cerré. Después le digo al que nos llevó: “Oye, compadre, vente a recoger tu nota (pistola). Vino temprano, oye, para que tomes desayuno, para hacernos el recorrido”.
Hasta que justo mi ventana daba para la calle. Hasta que abro así, había más policías. “‘¡Waldir, policías!”. “Noooo, van a llevarme, no van a llevarme”. Pero no pasó nada.
El salvavidas que tandeó e hizo tragar agua a ‘Conejo’
¿Compadre, y tú le metías al mar?
Iba, pero con la gente de barrio, yo paraba allá con los Tortuninjas.
Vamos a la playa. Yo no me atrevía a nadar, yo cuido la ropa, normal. Y nos fuimos a la playita, La Posita, a la espalda de La Punta, de la comisaría. Y nosotros nos vamos al frente, te das la vueltita y estás al frente, y ya miras la parte de atrás de la comisaría.
Y había una roca grandaza y estaba vacía. Y ya yo me echo, porque era del salvavidas y ese día no había nadie. Y yo me eché con la ropa al costado. Viene un tío y me mira...
¿Qué te dijo?
Sobrino, muévase, y yo me pongo malcriado. Por segunda vez me dice: “Muévete” y me advierte. Yo me cierro y el tío se bajó el pantalón y tenía su zunga de salvavidas. Yo me meto —al mar— y este se metió también, compadre. Me chapa de la cabeza como Kiko y me dice: “¿Cómo decías? No te escucho” y yo tragando agua.
Hasta que ya con tres hundidas, me sentí derrotado, esa que te pones morado. Mis patas, desde lejos, ¡Oe, suéltalo, abusivo! Hasta que he bordeado todo y justo para el otro lado, porque ahí son rocones, y llegué hasta las piedras y le empiezo a tirar piedras.
Hasta que el hombre, ni corto ni perezoso, se paró, empezó a corretearnos, hasta que nos desaparecimos. Y a partir de ahí ya comencé a nadar más rápido.

El último recuerdo de Carlos ‘Kukín’ Flores
Hay una foto muy linda que hay que buscarla, que tiene con mi compadre. Le estaban dando un beso a mi compadre en la cabeza. Yo creo que sí hemos disfrutado a Carlos Flores. Creo que el último año de tu cumpleaños estuvimos en tu jato. Llegamos temprano, llegó Carlos, llegó Caramelo, llegó Julio Meléndez. Son como despedidas, porque pasan momentos juntos y, al poco tiempo, bueno, Carlos se fue.
Él fue la persona que me llamó a mí, mi compadre, siete de la mañana o seis y media de la mañana. Me despertó, me acuerdo, y llorando me dijo lo que había pasado. Yo no podía creerlo. Yo estaba lejos, no pude venir a esto, pero tú llegaste.
La gran mayoría estuvo lejos porque Mía también estuvo lejos. Creo que Toti, no sé si Toti estaba acá. Caramelo sí se acercó también. Y así, o sea, fue el boom.
Yo me enteré por la mañana. En ese momento vivía con la mamá de mi hijo. Mi hijito tenía seis meses, creo, porque él nació en agosto. Y eran cinco y media, seis de la mañana, y dije: “Ah, teléfono, ¿quién es? ¿Liz?”.
A la tercera, mi pareja me dice: ‘Contesta, puede ser algo importante o algo, no sé’”. Y contesta y me dice eso. Se puso a llorar aquí. “¿Qué te pasa?”. “Carlos ha muerto, Carlos ha muerto”. “¿Qué hablas?”. “Carlos ha muerto, Carlos ha muerto”. “¿Estás segura?”.
Y ya me acompaña. Y le digo: “¿A quién llamo? Para que me den fuerza”. Tío Julio Meléndez.
“Tío Julio. Tío Julio”. Tío Julio se puso a llorar más que yo y no lo dejé entrar.
¿El tío no lo vio?
No lo vio. Yo sí lo vi, yo sí lo vi.
Porque no me dejaban entrar y uno de los policías que está en la ventana, le dijeron: “Déjalo entrar, compadre”. Pa’, ya lo vi, hermano. Tal cual es la foto que sacaron algunos inescrupulosos, algunos... inventando cosas.
Inventando cosas.
Inventando, inventando. Esa era su pastilla.
Es un blíster de una pastilla que él tomaba para rajarse, qué sé yo, ¿no? Y no era lo que todo el mundo especulaba y decía.
¿Te faltó decirle algo, Carlos, en vida?
¿Me faltó decirle algo? No, porque sabía que yo también igual lo quería, lo amaba, lo respetaba.
Si de algo que debía haberle dicho, o siempre se lo dije, pero reiteradamente, era que tenía muchos años para vivir y vivir de la mejor manera, de la manera como él quería. Que había una familia de por medio, mucha gente lo quería. Él no creía, o sea, él no sabía, en realidad, se fue sin saber el cariño que le tenía a toda la gente. Sí, todo el cariño.
Y, ¿cómo es, no? No quiso que nos pinten, ¿recuerdas? No quiso que nos pinten, ¿no? Nos ofrecieron pintarnos en las caras a los cuatro, con el tío Meléndez, mi compadre, Kukín y yo, y Pussy, que en paz descanse, que era el que manejaba ahí, nos llamó y nos dijo, ¿no? Y él no quiso, ¿no? Carlos dijo: “Eso es para los muertos, a mí no me pinten”.
La última vez que estuvimos con Carlos en La Choza, ¿te acuerdas?
Claro.
Con él y con Caramelo, los cuatro. Yo tengo esa foto.
Estaba con su muleta, ya se había caído, ya tenía un problema. Con su polo amarillo de Brasil. Ahí yo tengo la foto.
Se va con Caramelo, se van abrazados, los dos se quitan ya y nos quedamos solos. Y como a la media hora llama Kukín: Oye, ¿está mi muleta por ahí?.
“Me he olvidado de mis piernas. Me la cuidan ya”. Había dejado su muleta abajo, ¿no? Y rara vez él se tomaba un trago con nosotros largo tiempo, ¿no?
No, a mí lo que me llamaba la atención mucho es que Carlos no era de salir fuera del Callao.
Kukín cruzaba Faucett y como que le daba soroche, ¿no?
Sí, otra cosa es. El hombre era Callao.
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