
Décadas después, ese episodio, preservado en un manuscrito, fotografías y documentos familiares, llegó a las manos de su nieta, la escritora peruana Rossana Sala. A partir de ese archivo personal,la autora inició una investigación que la llevó a revisar periódicos de la época, reconstruir redes del exilio aprista y viajar a República Dominicana para entender el contexto de la dictadura trujillista.
El resultado es “Me llevan a otra parte”, una novela que entrelaza memoria familiar, investigación histórica y ficción para narrar no solo el cautiverio de Estremadoyro, sino también la vida de una familia marcada por la persecución política y el exilio.
En esta entrevista, Sala habla sobre el proceso de convertir un archivo familiar en una obra literaria, los hallazgos que surgieron durante la investigación y la forma en que una historia íntima termina dialogando con la memoria política del Perú y de América Latina.
¿En qué momento el archivo familiar de tu abuelo, Miguel Estremadoyro, se convirtió en la novela “Me llevan a otra parte”?
Desde el momento en que lo recibí en las manos. Mi mamá me entregó una carpeta con todo: el manuscrito de mi abuelo, fotos, documentos y su pasaporte. Él había escrito varias veces la historia de sus diez días en la cárcel. Apenas vi ese material entendí que ahí había una historia que tenía que investigar y reconstruir.
Miguel Estremadoyro fue un militante aprista perseguido políticamente. Sin embargo, en tu casa no se hablaba mucho de política. ¿Cómo influyó eso en tu manera de investigar la historia?
Influyó bastante. Creo que eso me ayudó porque investigué con la mirada de alguien que no lo sabía todo y que tenía que cuestionar cada fuente.
La novela reconstruye con bastante precisión los días que siguieron al secuestro de Miguel Estremadoyro en 1950. ¿Cómo realizaste esa investigación histórica?
Me basé mucho en los periódicos de la época. Los libros de historia suelen hablar de periodos largos, pero yo necesitaba saber qué ocurría en días específicos. Revisé diarios como La Tribuna (un diario aprista), El Comercio y otros periódicos de esos años. Eso me permitió reconstruir el contexto político y social de esos días.

En esa búsqueda también descubriste que la historia de Miguel Estremadoyro estaba conectada con un contexto internacional.
Sí. Cuando revisaba los periódicos veía que las noticias sobre el APRA aparecían junto a información sobre guerras, crisis económicas o conflictos políticos en otros países. Entendí que la historia de mi abuelo no era solo peruana, sino que estaba atravesada por lo que ocurría en el mundo.
En la novela hay escenas muy duras sobre la prisión que vivió tu abuelo. ¿Cómo fue enfrentarte a ese material mientras escribías?
Fue muy fuerte. Mientras escribía trataba de ponerme en su lugar y muchas veces terminaba llorando. Algunas escenas están recreadas, pero los hechos principales están documentados en el manuscrito que él mismo escribió sobre sus días en la cárcel.
Sin embargo, “Me llevan a otra parte” también muestra momentos de vida familiar y recuerdos felices. ¿Por qué te interesaba mostrar ese contraste?
Porque incluso en los momentos más duros las personas sobreviven gracias a sus recuerdos y a sus afectos. Mi abuelo no era solo un preso político; también era padre, esposo e hijo. Mostrar esa dimensión humana me parecía importante para entender quién era.
Para reconstruir esa historia familiar entrevistaste a tu madre y a tus tías, hijas de Miguel Estremadoyro. ¿Qué descubriste en esas conversaciones?
Ellas recordaban su vida en el exilio en Estados Unidos con bastante alegría. Pero cuando leyeron la novela se dieron cuenta de que muchas decisiones de su vida habían estado condicionadas por la persecución política contra el APRA.
Durante la investigación encontraste también fotografías de tu abuelo con apristas en Guayaquil. ¿Qué papel jugaron esos hallazgos en la novela?
Fueron claves. Al principio yo había imaginado algunas situaciones, pero al encontrar esas fotos y contrastarlas con documentos y tesis académicas descubrí que mi abuelo había tenido vínculos con varios apristas en el exilio. Eso me permitió ampliar la historia.
En la novela también aparece la figura de Howard Greenberg, el socio y amigo que estaba con Miguel Estremadoyro cuando fue secuestrado. ¿Cómo trabajaste ese personaje?
Greenberg fue fundamental en la historia porque fue la última persona que habló con mi abuelo antes de que se lo llevaran. A partir de testimonios y documentos reconstruí ese momento en el aeropuerto, cuando mi abuelo le dice: “Me llevan a otra parte”.
Incluso viajaste a República Dominicana para completar la investigación. ¿Qué aportó ese viaje al libro?
Me permitió entender mejor el contexto de la dictadura de Trujillo y las condiciones de las cárceles de la época. Hablé con historiadores y especialistas en memoria histórica y leí testimonios de otros prisioneros políticos
¿Qué crees que aporta “Me llevan a otra parte” a la memoria histórica del Perú?
Aunque es una novela, los hechos principales son reales. Creo que ayuda a recordar una historia de persecución política, pero también de convicciones y de honestidad. Hay cosas del pasado que no deberían repetirse, pero también hay valores que sí deberíamos recuperar.
UN ENCUENTRO CON BRYCE ECHENIQUE
A veces, una conversación cambia el rumbo de todo. Para Rossana Sala, ese punto de quiebre ocurrió en una feria del libro, cuando decidió acercarse a Alfredo Bryce Echenique. Durante años había escrito en silencio: textos breves en un blog abierto en 2008 o historias trabajadas en los márgenes de su carrera como abogada. Ese día compró “Un mundo para Julius” solo para tener un pretexto y presentarse.
El encuentro se dio gracias a Iván Thays, quien había sido su profesor. Rossana le contó que escribía; Bryce aceptó leer sus cuentos. Meses después llegó la llamada inesperada: sus textos lo habían conmovido y quería conocerla. Conversaron durante horas. Esa validación fue el empujón definitivo para animarse a publicar. Desde entonces, escribir dejó de ser un hábito y se convirtió en un proyecto.

La historia con Bryce Echenique, ¿cómo la recuerdas ahora?
Con mucha emoción. Yo tenía mi blog desde hacía años, siempre escribía, pero no me animaba a publicar. Ese día en la feria escuché que andaba por ahí y salí casi corriendo. Compré “Un mundo para Julius”, que ya lo tenía en otra versión, solo para acercarme.
Estaba conversando con Iván Thays, que había sido mi profesor. Me lo presentó y yo, sin mucho cálculo, le dije que escribía y que si podía leer mis cuentos. Me dijo que sí, que se los mandara con un amigo suyo. Se los llevé y me olvidé del tema. Cuatro meses después me llamaron: a Bryce le habían encantado y quería conocerme. Nos reunimos en el bar del Country Club y conversamos cuatro horas. Salí de ahí pensando: esto va en serio.
Ya no había vuelta atrás.
Exacto. Publiqué “No vaya a despertar a los caballos”, con la Editorial Altazor. Todavía trabajaba como abogada, pero esas historias ya venían gestándose desde hacía años.
¿Y cuándo decides dedicarte por completo a escribir?
Cuando me retiré de la abogacía. Tengo 62 años y recién ahí pude entregarme del todo. Esta novela fue obsesiva: dos años y medio escribiendo e investigando todos los días. Hasta me lesioné la mano; terminé comprando mouse y teclado ergonómicos.
Se nota que hay una arquitectura bien pensada detrás de la novela.
Sí, desde el inicio quise que avanzara día por día, como una columna vertebral, y que las otras historias la atravesaran. Lo difícil fue ordenar lo no cronológico y decidir dónde iba cada cosa.
Después vino lo más duro: unir piezas sin repetir información. Imprimí la novela unas quince veces, la extendía en el piso y trabajaba con Excel para controlar detalles mínimos: horarios, comidas, clima, objetos o errores pequeñitos que podían romper la coherencia.
Una obsesión total.
Total, pero necesari. Todo debía sentirse real.
La portada también tiene su propia historia, ¿no?
Sí. Usé una foto de mi abuelo que me dejó mi mamá. Encantó de inmediato, pero yo sentía que no podía aparecer sin contexto. Me fui a archivos y periódicos hasta encontrar el momento exacto para integrarlo en la novela.
¿Cómo manejaste las lecturas del manuscrito?
Escucho muchas entrevistas a escritores. Recuerdo un consejo de Rosa Montero: no mandes tu texto a todos al mismo tiempo. Así que trabajé por etapas, con lectores distintos en cada versión.
También te formaste bastante.
Sí, llevé talleres con Iván Thays y cursos internacionales. Uno clave fue el de novela basada en hechos reales con Penguin Random House, donde estuvo Javier Cercas. Después hice otro con Leonardo Padura. Aprendí muchísimo de estructura.
La parte política también está muy trabajada.
Coincidió con el centenario del APRA. En un curso conocí al historiador Antonio Zapata, que luego presentó mi novela. Le pedí revisar la parte histórica y quise resaltar el papel de las mujeres, que casi no aparece en los relatos oficiales.
MÁS INFORMACIÓN:
- Liliana Flores Hilario y sus dos caras poéticas: la jungla de “Criaturas” y la melancolía de “Trébol”
- Jorge Alejandro Ccoyllurpuma: “La poesía desde la cosmovisión andina va más allá del texto escrito”
- Augusto Effio: “No entiendo la exageración alrededor de los libros voluminosos; la cantidad de páginas no es un acto ‘heroico’”








