De izquierda a derecha: Ezio Neyra, Adriana Maza Ríos, César Torres Aguirre y María José Arguedas.
De izquierda a derecha: Ezio Neyra, Adriana Maza Ríos, César Torres Aguirre y María José Arguedas.

Llego tarde, como llego tarde a todos lados. Ahora sí me puedo dar tiempo de escribir acerca de los libros que más me agradaron el 2025. Sí, porque toda lista es subjetiva. Después de una prolongada ausencia –y de un año y medio sabático que me dio la oportunidad de leer más libros–, este diario me vuelve a abrir sus puertas.

Este no es un ranking, como tal, es un recuento de los libros que leí y que me parecen deben estar en esta lista en novela, ensayo, no-ficción, cuento, poesía, literatura infantil, antologías, rescates literarios y lenguas originarias poniendo un enfoque, sobre todo, en las editoriales independientes sin perder el rumbo en las otras publicaciones.

En esta primera entrega me enfoco en cuento, novela, poesía y antologías, y en la segunda entrega en no-ficción, ensayos, rescates literarios, literatura infantil y lenguas originarias.

Cuentos

Huaraca de Luis Francisco Palomino
Huaraca de Luis Francisco Palomino

“E-mails con Roberto Bolano”, J.J. Maldonado (Seix Barral)

Maldonado juega con el cuento y ensayo, tal como lo hizo en su momento con “Quien golpea primero golpea dos veces”. En sus páginas desfilan escritores como Vila-Matas, Rodrigo Fresán, Han Kang, Mariana Enriquez, Fernanda Melchor, Alejandro Zambra, Jorge Carrión, Pierre Michon, Antonio Cisneros y Vargas Llosa y, por supuesto, Roberto Bolaño, de quien J.J. es un gran admirador. Este libro es una suerte de la película “Medianoche en París”, pero en versión latinoamericana.

“Un lugar en la familia de las cosas”, Claudia Paredes Guinand (Colmillo Blanco)

Con cuentos como “Me enamoré de un paramédico”, “Eme de matrimonio”, “Guerra Mundial” y “Trayecto”, la escritora y antropóloga muestra su manejo de una narrativa irónica y sin mensajes moralizantes, pero sin alejarse de un enfoque crítico.

“Huaraca”, Luis Francisco Palomino (Penguin Random House)

Nueve relatos con sabor limeño que retratan la vida diaria en la capital. Hay de todo: bullying, personajes que se reinventan y situaciones que sacuden la identidad, entre las que destacan, a mí parecer, “Apertura”, “Subte”, “Cero papeletas” y “Pista 9-Intérprete desconocido”.

“Viendo tu vida derrumbarse desde una distancia segura”, Gianni Biffi (Dendro y Penguin Random House)

Me he reído demasiado con este libro de cuentos. Biffi se aparta de las ideas tradicionales del relato peruano y nos expone cómo los personajes enfrentan las tragedias desde un lado humorístico y pop. Mis favoritos: “Barrio y prejuicio (Una historia chalaca)”, “Cartas escritas por Zeus después de asistir a un seminario de concientización sobre el acoso sexual” y “Reconciliación nacional”.

Novela

El informe de Ezio Neyra
El informe de Ezio Neyra

“Obras completas de A”, César Torres Aguirre (Espejos invisibles)

Aunque el título debió ser “Obras completas de Abimael Guzmán”, la editorial, según palabras del mismo autor, decidió solo quedarse con la “A”. No, no son las obras completas del genocida más sanguinario de la historia peruana, si no que, a través de la sátira, Torres Aguirre retrata el revuelo mediático, político y ciudadano que despertaría una noticia como esta.

“Trenza de tierra”, María José Arguedas (Búho Atávico)

Arguedas debuta en la narrativa con una novela que entrelaza la biografía familiar y la identidad peruana. La autora rescata memorias de ancestros y linajes femeninos vinculados al territorio y la botánica medicinal. Esta obra transforma el hogar en un símbolo de pertenencia, donde los rituales dialogan con conflictos sociales históricos.

“Preludio a los delirios de un joven pianista sin cabeza”, Stuart Flores (Dendro)

La ciudad de Urojenia refleja la opresión y la fragilidad de la memoria colectiva. El profesor Bogdan Tetmajer encarna la tensión entre resistencia y sumisión, en un relato de lucidez. Flores confirma su ambición literaria, como ya lo había demostrado en “Aquello que agoniza entre nuestros dedos”, con una obra audaz e incisiva.

“Jauría”, Patricia del Río (Tusquets)

Esta novela mezcla ternura y crudeza para retratar los años del conflicto armado interno, sobre todo en Ayacucho. A través de diez perros huérfanos, la reconocida periodista reconstruye la memoria de un país marcado por el terrorismo y el abuso militar. Inspirado en testimonios y documentos reales revela la tragedia de comunidades enteras que quedaron vacías, con ancianas y animales como últimos guardianes.

“Última salida de Palomino”, Diego Lazarte (Narrar)

Palomino no es solo un conjunto habitacional, sino un personaje vivo que respira y contiene las derrotas de una generación marcada por la desilusión. Lazarte retrata a una juventud que busca reinventarse entre bodegas clandestinas, ecos de la prensa chicha y fantasmas del cine slasher, mientras Kennedy y Dulcinea, personajes principales de esta novela, encarnan la tensión entre el deseo de escapar y la imposibilidad de hacerlo.

“Calla, tonta”, Valeria Venegas (Ludo)

En la Lima de los años noventa, Antonia transmuta su soledad en un poder inquietante: convertir a su madre en un objeto. Junto a Toallín, una toalla viviente que actúa como escudo y juez, la niña enfrenta las heridas de una infancia marcada por la incomprensión y los castigos a traición. Es un realismo mágico crudo que rompe la cotidianidad para explorar si el perdón es posible cuando la inocencia se quiebra.

“Criaturas virales”, Dany Salvatierra (Penguin Random House)

Una Lima del 2040 desconectada por un apagón global, donde Villa Diodata se transforma en laboratorio del caos con familias quebradas, poderes ocultos y rebeliones juveniles. Salvatierra construye relatos que oscilan entre el terror, la violencia y lo sobrenatural, componiendo un mosaico inquietante que revela cómo sobrevivimos cuando la humanidad se aferra a sus últimos destellos de esperanza.

“Me gustan los atardeceres tristes”, Carmen Ollé (Peisa)

Tras ser consagrada con el Premio José Donoso 2025 por su escritura “corporal y nómade”, Ollé desafía el silencio en un libro (o un ¿híbrido?) que es, a la vez, un espejo. A través de un naufragio emocional que conecta la tragedia de una adolescente en La Chira con la despedida íntima de la escritora Pilar Dughi, esta es una obra donde el dolor y la fragilidad se transforman en la resistencia en alguien que se niega a olvidar.

“Todo en el cielo se ve oscuro”, Mateo Díaz Choza (Fondo de Cultura Económica, FCE)

La novela, ganadora de la convocatoria regional Tierra Adentro Sur, del Fondo de Cultura Económica (FCE), se adentra en la pérdida de un amigo y la construcción de una nueva relación, mientras abre un puente hacia figuras emblemáticas como José María Arguedas y las hermanas Celia y Alicia Bustamante para detallar cómo lo personal se enlaza con lo histórico.

“El informe. Pequeña novela burocrática”, Ezio Neyra (Pesopluma)

Mediante Felipe Documet, un profesional que regresa al país tras dos décadas en Estados Unidos, el autor expone la soledad, la precariedad y la deshumanización que se esconden detrás de memorandos, trámites interminables y oficinas en ruinas. Neyra convierte la burocracia en un espejo de la crisis nacional y de la fragilidad de quienes intentan sobrevivir dentro de ella.

“Otro yo”, Aback Villegas Prado (Pluma Editorial)

El autor camanejo escribe una novela que desmonta la idea complaciente de la redención al narrar la caída y posible recuperación de Yuco Torres, un alcohólico cuarentón que, tras una borrachera, despierta en el cuerpo de su propio padre cuarenta años atrás. Este viaje al pasado no funciona como truco fantástico, sino como una inmersión dolorosa en la herida familiar: la violencia, el abandono y la miseria.

“Peace & love y los chamanes del rock”, Jorge Iriondo (Mesa Redonda)

Es la historia de un bar arequipeño convertido en símbolo de excesos y tragedias. Mediante personajes como Melantio y el Gran Z, se denuncia la corrupción espiritual y social detrás de falsos chamanes y autoridades cómplices, así como se muestra las miserias humanas. Sin embargo, Orión, el protagonista, encuentra en la ecología y el ciclismo una vía de sanación.

“El puente de Rowan”, Claudia Cardozo (Selecta)

No soy un asiduo lector de las novelas románticas desde mi adolescencia, incluso ya lo había intentado en otras ocasiones, dejándolo en sus primeras páginas, pero con Cardozo me sucedió algo diferente: me hizo recordar a Corín Tellado con esta novela. Rowan, una mujer de apellido ilustre, y Alec, un chico rebelde que nunca olvidó, vuelven a encontrarse en una Edimburgo donde el linaje pesa más que el amor.

Poesía

Esta sinfonía resonó hace millones de años de Rocio Madueño
Esta sinfonía resonó hace millones de años de Rocio Madueño

“Mudarse es un verbo de movimiento”, Adriana Maza Ríos (Alastor)

El primer libro de Maza Ríos nos recuerda que crecer también es dejar atrás. Con versos confesionales, la autora convierte lo cotidiano como el hogar, la familia y los lugares de iniciación en poesía que habla de afectos, rupturas y nuevas raíces.

“Thunderbird”, Christina Castillo Ponce (ICPNA)

La ganadora del Premio ICPNA de poesía con este libro mezcla dolor y esperanza que conecta con quien ha sentido la ausencia de cerca con versos como “una sonrisa / mil sonrisas unidas / pero no la tuya” o “ven siquiera convertida en fuego”.

“Esta sinfonía resonó hace millones de años” , Rocío Madueño (Colmillo Blanco)

Este poemario, dividido en tres partes, habla de amor, dolor, nostalgia, silencio y belleza. Es un libro íntimo y sincero, que abre su mundo y busca quedarse en la memoria de quienes lo lean.

“Sombra celeste”, Ximena López Bustamante (Editorial Comba)

La poeta arequipeña nos invita a vernos como “fractales”, es decir, como seres hechos de muchas piezas, recuerdos y versiones de nosotros mismos que se repiten y nos dan forma, utilizando la poesía para reparar las heridas del alma.

“Astro de luz sinfónica”, Patricia Colchado (Hipatia Ediciones)

¿Qué mejor que leer un libro dedicado a uno de los mejores escritores peruanos como Óscar Colchado Lucio, de la mano de su hija? Con 14 poemas logra que el lector sienta el pulso de la pérdida y, al mismo tiempo, la certeza de una presencia que se renueva, como lo expresa en uno de sus versos: “llevo en mi vientre tu voz”.

“He anidado un bosque”, Beatriz Hidalgo Bonicelli (Colmillo Blanco)

Con versos como “la muerte es esta lejanía escrita”, la obra logra decir lo más profundo con lo mínimo; es un poemario que no busca explicarlo todo, pues confía en la intuición de quien lo lea.

“Astromelias para no olvidar”, Rocío Espinoza (Ediciones Catarsis)

Se nota que cada poema de este libro tiene dolor, y a la misma vez, ternura. Sus versos (“Mi amor no es cobarde. / Lo cobarde se oculta, / guarda silencio,/el mío grita, lucha”) sostienen una voz íntima y rítmica.

Antologías

“Ecofuturismo: Ayllupunk”, editora Dai N. Castillo (Speedwagon)

Desde la cosmovisión andina, donde las tecnologías avanzadas dialogan con saberes ancestrales y el ayllu funciona como metáfora de comunidad y resistencia; los relatos exploran el mestizaje y colonialismo, así como las crisis ecológicas, proponiendo que la literatura sea semilla de esperanza.

“Nada humano sobrevive aquí”, editor Alexis Iparraguirre (Academia Antártica)

Son cuentos de terror que están en la vida diaria, en la combi, en el trabajo o en una discoteca de Barranco. Los autores, con la visión de Lovecraft, muestran que el miedo también se vive en los barrios y en los mercados.

Lo malo:

La Feria Internacional del Libro de Lima (FIL Lima) no mejora cada año, sino que atravesamos una gestión paupérrima. El lugar donde se organiza este evento, en el parque Próceres de la Independencia, en el distrito de Jesús María, ya no se da abasto para recibir tanta gente y la Cámara Peruana del Libro (CPL), una organización privada que recibe varios auspicios, debería buscar un lugar más amplio acorde a las necesidades de los lectores.

Es recurrente los baños sucios (hasta llegar al punto de ser vomitivos), trabajadores de cadenas de librerías almorzando sentados en el piso porque no existe una zona de almuerzo adecuada para ellos y empleados reclamando un trato justo, al punto de ser explotados. Todos los años se pide lo mismo, pero cae en saco roto; esperemos, aunque lo dudo, que este año mejore.

Lo bueno:

Los podcasts y streamings que cada vez acercan más al lector, una tarea titánica para un país que lee muy poco. Allí tenemos a “Una mala lectora”, de Fernanda Espinoza Loyola; “Soltera con gatos”, de Victoria Delgado (desde esta espacio, un fuerte abrazo por la partida de Buddy); “2 viejos kioskeros”; “La lectura es fuego”, de Luis Rodríguez Pastor y “Entrelibros”, conducido por Hugo Aguirre, ambos por Radio Nacional; “Antilecciones de escritura”, de Gabriela Ferrando; “Yo soy un escritor rural”, de Luis Hernán Castañeda; “Otras tardes”, también de Castañeda con Ivan Thays, así como los reconocidos “Lee por gusto”, de Jaime Cabrera y “El buen librero”, de Gianfranco Hereña.

Nos vemos en la segunda parte.

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