
La entrega del salvoconducto para que Betssy Chávez pudiera salir del país, la medianoche del viernes, será recordada como la primera medida internacional acertada del flamante gobierno de Keiko Fujimori, aunque la decisión no resulte popular.
Era el mal menor, no le quedaba otra alternativa: el asilo se lo había concedido el país de México, aliado ideológico de Chávez, y al Gobierno peruano solo le quedaba extender ese documento para su salida. Así son las leyes internacionales, aunque no nos guste.
Por lo demás, la situación era insostenible. Desde noviembre del año pasado, cuando la política ingresó al local de esa sede diplomática, las relaciones bilaterales entre Perú y México quedaron congeladas. Los embajadores respectivos fueron retirados.
Los sectores de la producción y turismo, de ambas naciones, eran los más afectados. Todos los trámites relacionados a esos rubros se tenían que hacer a través de la embajada de Brasil, país que se ofreció como intermediario.
¿Valía la pena continuar en ese escenario? La respuesta es obvia. No tenía sentido. Más aún tratándose de una persona que no había tenido ninguna relevancia en su trayectoria profesional y política hasta que Pedro Castillo la designó ministra de Trabajo y luego jefa de su Gabinete. En ese momento, como suele ocurrir con muchas personas que nunca fueron nada, el poder la obnubiló.
Chávez se volvió en una endemoniada defensora del entonces mandatario. Lo acompañaba al interior del país en donde, en encendidas presentaciones, ambos azuzaban el odio entre la gente de ‘élite’ y el ‘pueblo’, al estilo de los seguidores de Sendero Luminoso. Aquellas imágenes y discursos son imborrables.
Cuando era congresista, Chávez se presentaba como una política ‘suavecita’ y dócil, pero todo cambió, hasta su look estético, cuando llegó a la cúspide del poder. Pechaba y agredía verbalmente a todo aquel que criticaba a Pedro Castillo.
Los periodistas no se salvaban de su furia. También le llegó el amor. Se enamoró perdidamente de un joven. Lo benefició con puestos laborales para sus familiares con jugosos sueldos.
El día del frustrado golpe de Estado, el 7 de diciembre del año 2022, Betssy Chávez tuvo un papel protagónico y activo con Pedro Castillo en esa acción que pretendió quebrar el orden constitucional.
Astuta como nadie, después que todo falló, emprendió su fuga hacia la embajada de México. Cuando estaba en pleno trayecto, fue avisada de que Castillo, quien también huía a esa sede diplomática, había sido detenido. Con una sangre fría a prueba de balas, pidió a sus agentes de seguridad que la llevaran al Congreso, que ella y Castillo habían pretendido cerrar. Llegó oronda y empezó a despachar desde su oficina como si nada hubiera pasado.
Las pruebas en su contra fueron contundentes. En noviembre del año pasado, una sala de la Corte Suprema de Justicia la condenó a once años de prisión como coautora del delito de conspiración para la rebelión.
Betssy Chávez no es ninguna perseguida política. Es una condenada cuya pena sigue vigente en nuestro país. Nos vemos el otro martes.
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