
A las 6:30 de la mañana del 12 de mayo de 2026, el silencio de una habitación del hotel Mochiks, en Chiclayo, se rompió de golpe. Arcesio Trujillo dormía junto a su pareja colombiana cuando agentes antidrogas irrumpieron en el lugar. Tras meses de seguimiento, el hombre que creía tener lista una de las operaciones más ambiciosas de los últimos años ya no tenía escapatoria.
Los investigadores habían esperado el momento preciso. Según las pesquisas, el colombiano estaba por concretar el traslado de un gigantesco cargamento de cocaína desde Amazonas hacia la costa norte, donde otros integrantes de la organización se encargarían de completar el envío al extranjero.
Mientras Trujillo era reducido en Chiclayo, otros equipos policiales se desplegaban en distintas regiones del país. El operativo no solo apuntaba a detener a los integrantes de la red, sino también a encontrar la droga que había motivado meses de vigilancia e interceptaciones telefónicas.
La apuesta era grande. Los agentes estaban convencidos de que la organización había logrado reunir cerca de 700 kilos de cocaína, una cantidad que colocaba al caso entre los golpes más importantes contra el narcotráfico registrados recientemente.

‘Palpatine’, el colombiano que levantó su propio imperio
Mucho antes de aquella mañana, Arcesio Trujillo ya era conocido por los organismos antidrogas. Nacido en Ibagué, Colombia, acumulaba décadas de experiencia en el negocio ilícito de la cocaína. Fuentes de inteligencia lo describían como un especialista en producción y exportación de droga.
Con el paso de los años dejó de ser un simple operador para construir su propia estructura criminal. El escenario elegido fue Amazonas, una región donde el crecimiento de los cultivos de hoja de coca y las ventajas logísticas llamaron su atención.
En el centro poblado de Chicais, distrito de Imaza, instaló un laboratorio clandestino. Allí compraba pasta básica a productores locales y transformaba la materia prima en cocaína lista para ser enviada al mercado internacional.
La organización funcionaba bajo una lógica que los investigadores compararon con la utilizada por los grandes cárteles colombianos de las décadas de 1980 y 1990. El control abarcaba la adquisición de insumos, la producción, el almacenamiento y la distribución de la droga.

La ruta de la droga hacia el Mundial
Los movimientos de Trujillo despertaron sospechas cuando comenzaron a multiplicarse sus ingresos al Perú. Los registros migratorios mostraron que había entrado y salido del país en numerosas ocasiones, incrementando notablemente la frecuencia de sus viajes durante los últimos dos años.
Las interceptaciones telefónicas terminaron de revelar el objetivo de la organización. Las conversaciones registradas mostraban la presión por completar un pedido de gran magnitud y acelerar la elaboración de la droga.
“Se le escucha al colombiano reclamar a sus socios que tienen que apurar la elaboración de la droga, porque tienen un pedido que cumplir. Les indicaban que solo habían llegado a los 400 kilos y necesitaban 300 kilos en total”, indicaron las fuentes.
La hipótesis de los investigadores era que el cargamento estaba destinado a redes de distribución vinculadas al Mundial de fútbol. Sin embargo, el plan se frustró antes de que la mercancía pudiera abandonar el territorio peruano. Ese mismo día en que cayó “Palpatine”, una operación helitransportada permitió ubicar el laboratorio en Imaza y decomisar los 700 kilos de cocaína.
Paralelamente, las pesquisas documentaron reuniones con compradores colombianos y la entrega de millones de dólares para concretar la transacción. El negocio estaba prácticamente cerrado, pero la intervención policial puso fin a la operación. El hombre que aspiraba a abastecer uno de los eventos deportivos más importantes del planeta terminó observando el torneo desde una celda.

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