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La madrugada aún no terminaba de retirarse de cuando una ráfaga de disparos quebró la calma del vecindario. Frente a su propia vivienda, en una alameda pública del distrito, cayó abatido Carlos Junior Delgado Escobar, trabajador minero de 33 años y padre de familia, conocido por su activa vida religiosa y comunitaria.

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Horas antes del crimen, Delgado Escobar conversaba con amigos mientras aguardaba el momento de partir rumbo a su centro de labores en un campamento minero. Era una escena cotidiana, marcada por la rutina de quien alternaba largos turnos de trabajo con la vida familiar y la participación en actividades religiosas del distrito.

Sin advertencia alguna, dos sujetos armados irrumpieron en el lugar a bordo de una motocicleta. No descendieron del vehículo ni intercambiaron palabra alguna: dispararon directamente contra el grupo, generando pánico entre quienes intentaron huir para salvarse.

Los proyectiles alcanzaron al minero y a otro de los presentes, que resultó herido. La Policía Nacional del Perú estableció en sus primeras diligencias que Delgado Escobar no tenía antecedentes y que el ataque no estaba dirigido contra él, sino que se trataría de una víctima colateral de un atentado por encargo.

La escena que quedó registrada

Las cámaras de seguridad del distrito captaron los instantes previos al ataque y la brutalidad con la que se ejecutó. En las imágenes se observa a la víctima de pie, rodeada de conocidos, cuando la motocicleta aparece de forma repentina y se desata la balacera que rompe la quietud de la madrugada.

Tras el ataque, los agresores huyeron rápidamente, dejando a su paso gritos de auxilio y vecinos conmocionados. El jefe de la Depincri Huaral, comandante PNP Diego Obregón, indicó que la hipótesis principal apunta a que el objetivo eran otras personas que se encontraban en la reunión.

Las unidades de inteligencia iniciaron el recojo de información técnica y testimonios en la zona para identificar a los responsables. Mientras tanto, la familia de Delgado Escobar enfrentaba una pérdida inesperada, agravada por la cercanía del Día del Padre y por la orfandad en la que quedaron dos menores.

La noticia se propagó con rapidez por Aucallama y Huaral, no solo por la violencia del hecho, sino por el perfil de la víctima: un hombre dedicado al trabajo, sin conflictos conocidos y con una presencia constante en la vida religiosa del distrito.

Un pilar religioso y social

Carlos Junior Delgado Escobar, a quien los vecinos llamaban ‘Chicherito’, era uno de los fundadores y cargadores de la cuadrilla de la Hermandad de la Virgen del Rosario. Desde hacía más de diez años participaba en las festividades religiosas, vistiendo el hábito tradicional y cargando el estandarte con devoción.

La presidenta de la hermandad, Mapis Dorador, expresó públicamente la consternación de la comunidad mariana, recordándolo como una de las principales fuerzas operativas del grupo por su compromiso permanente con el templo y las celebraciones del distrito.

Además de su fe, el minero encontraba en el deporte otro espacio de integración. Integraba equipos de fútbol máster como Sport Rosario de Aucallama y Los Peña FC, donde era conocido por su disciplina y compañerismo, vistiendo camisetas con los dorsales 6 y 16.

En el ámbito familiar, su tía Nelly Delgado, quien cumplió el rol materno durante su juventud, relató que trabajaba bajo un régimen de 15 días continuos en la mina para asegurar el sustento del hogar. Lo describió como un hombre hogareño, alejado de conflictos y orgulloso de sus logros deportivos.

Dolor, protesta y despedida

El asesinato provocó una inmediata reacción vecinal. Decenas de residentes salieron a las calles de Aucallama con pancartas y banderas para exigir justicia y medidas urgentes frente al avance de la inseguridad ciudadana en la provincia de Huaral.

El sepelio estuvo marcado por símbolos que resumían su vida. Sus compañeros colocaron camisetas de fútbol sobre el féretro y el estandarte de la Virgen del Rosario acompañó el cortejo, que ingresó a la iglesia matriz antes de dirigirse al camposanto.

Durante la ceremonia, los cargadores de la hermandad rindieron honores bailando frente a la imagen sagrada, en un acto que mezcló fe, dolor y despedida. La escena reflejó el impacto de la pérdida en una comunidad que lo consideraba uno de los suyos.

En el velatorio, el dolor alcanzó su punto más crudo cuando uno de sus hijos menores entonó boleros frente al retrato fúnebre. Su esposa, Erika Herrera, reiteró la inocencia de Delgado Escobar y pidió a las autoridades que el crimen no quede impune, mientras Aucallama sigue esperando respuesta.

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