
El Perú pierde a una de sus historias más singulares. Marcelino Abad Tolentino, conocido como ‘Mashico’, falleció a los 125 años, cerrando una vida que atravesó más de un siglo de cambios, pero también de carencias. Su muerte ocurrió pocos días antes de que cumpliera 126 años, en la casa hogar donde residía bajo el cuidado del Estado.
Su caso no solo llamó la atención por su edad. ‘Mashico’ representaba una historia de abandono prolongado, de invisibilidad y de resistencia silenciosa en las zonas más alejadas del país. Durante décadas, vivió sin documentos, sin servicios básicos y sin ningún tipo de registro oficial.

Había nacido en 1900, en una zona rural de Huánuco. Desde muy pequeño quedó huérfano. Él mismo contaba que a sus padres “se los llevó el río” cuando tenía apenas siete años. Desde entonces, su vida estuvo marcada por la soledad y el trabajo desde temprana edad.
No aprendió a leer ni escribir. Nunca fue a la escuela. Tampoco formó una familia. Su mundo fue la tierra, el cultivo y una rutina austera que lo acompañó durante toda su vida adulta.
DE LA INVISIBILIDAD AL RECONOCIMIENTO
Durante más de un siglo, ‘Mashico’ vivió como un hombre inexistente para el Estado. No tenía partida de nacimiento ni documento de identidad. Su vida transcurría en un paraje remoto, en una vivienda precaria, donde se alimentaba de lo que él mismo cultivaba: plátanos, naranjas, paltas y animales de corral.
El agua la obtenía de zonas cercanas al río Huallaga y cocinaba a leña. No conoció electricidad, tecnología ni servicios básicos. Aun así, mantenía un estado físico que sorprendía a quienes lo conocieron, incluso en edad avanzada.
Recién en el año 2019 su historia cambió. Un promotor del programa Pensión 65 logró ubicarlo en un alejado sector del anexo de Cormilla, en el distrito de Chaglla. El acceso no fue sencillo: más de seis horas de viaje por tierra y una caminata adicional.
Ese encuentro marcó un punto de quiebre. A los 119 años, ‘Mashico’ obtuvo por primera vez su Documento Nacional de Identidad. Desde entonces, accedió a servicios de salud, al Seguro Integral de Salud y a una subvención económica.
Su traslado posterior a la casa hogar ‘Mis Abuelitos’, en Ambo, le permitió dejar atrás la soledad. Allí convivió con otras personas y recibió cuidados permanentes.

LOS ÚLTIMOS AÑOS Y EL LEGADO
En ese espacio, ‘Mashico’ mostró una faceta distinta. Quienes lo cuidaban lo describían como un hombre tranquilo, de buen ánimo, que disfrutaba salir a pasear y compartir momentos sencillos. Celebró incluso sus 125 años rodeado de otras personas, entre tortas, visitas y actividades organizadas para él.
Su alimentación seguía siendo sencilla, con productos como papa, mote, queso y carne, además de su costumbre de masticar hoja de coca, como lo hacía en el campo. Esa rutina, ligada a la naturaleza, fue señalada como una de las claves de su longevidad.
Sin embargo, en sus últimos días su salud se debilitó. Falleció por complicaciones asociadas a fibrosis pulmonar y neumonía, según se informó. Su partida ocurrió en la casa hogar donde residía, bajo atención permanente.

Su caso generó incluso interés internacional. El Estado peruano evaluó postularlo como el hombre más longevo del mundo, aunque el proceso no prosperó por la falta de documentación completa desde su nacimiento.
A pesar de ello, en el país fue considerado un símbolo. Su DNI consignaba el año 1900 como fecha de nacimiento, una cifra que lo colocaba por encima de cualquier registro reciente.
Hoy, su historia queda como testimonio de una vida atravesada por la adversidad, pero también por la resistencia. Desde el aislamiento en una zona rural hasta convertirse en un referente nacional, ‘Mashico’ deja una huella que invita a mirar de cerca la realidad de los adultos mayores en el Perú.










