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Leda Quintana Rondón: ‘Escribo para no morirme en vida’

Entre el recuerdo de un pueblo a 3,500 metros de altura y la cruda realidad de la discriminación en la Lima de los 80, la poeta presenta su poemario llamado ‘La Casa de Huasta’.
Mostrando su última obra

Cuando la memoria invita a la nostalgia a compartir un buen café, el arte aparece como un invitado que llega sin avisar, pero que todos estaban esperando.

La poeta Leda Quintana Rondón ha construido su nueva obra con base en sus recuerdos, que son tatuajes en su alma, y haciendo referencia a su presente, que es la luz de su camino actual.

‘La casa de Huasta’ no es más que un recorrido hacia su refugio, hacia sus días felices, hacia ese punto de partida de su talento que la hizo diferente de los demás.

Un escrito donde ella ha podido lograr que sus sonrisas y lágrimas terminen en un puñado de letras que conmueven.

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Leda, ¿por qué escribes?

Para escuchar a mis muertos. La raíz de este proceso creativo está en mi infancia.

¿Dónde?

Somos hijos de migrantes y todos los años, en vacaciones, nos íbamos a Huasta, un pueblo rural a casi 3,500 metros sobre el nivel del mar.

¿Qué encontrabas?

Un cielo azul, lluvia, granizo y una casa oscura.

¿Algo más?

Allá no había luz eléctrica, tampoco televisor ni agua potable.

¿Lo disfrutabas?

Sí, y por eso era un duelo regresar a Lima, porque yo me sentía cobijada allá.

¿Y en Lima qué te incomodaba?

La capital, en los 80, era racista y clasista. Estudiaba en un colegio de clase media y sentía esa mirada denigrante hacia los provincianos, hacia los “marrones”.

¿Tú cómo eras?

Era tímida, lectora y creadora. También era muy enfermiza de niña.

¿La escritura fue tu refugio?

Mi cobijo, mi espacio seguro.

¿Y los días en tu colegio?

Ahí me sentía una Paco Yunque (versión femenina). Respiraba la discriminación.

¿Y en Huasta?

Sentía la violencia de género en los ojos de las mujeres.

¿Qué era lo que te seducía, más allá de la geografía?

Lo que siento es que veo un lugar donde está la reserva moral y espiritual de mi vida. Estar allá era tener a mi madre todo el tiempo al lado; además, mi abuela me cuidaba pasándome el cuy y el huevo.

¿Qué más?

Sentí que la naturaleza era mi familia. En mi casa del centro de Lima, donde vivía, me daba mucho miedo la oscuridad, tenía hasta pesadillas.

Pero allá no había luz.

A la luz de las velas me sentía más segura.

¿Un recuerdo en especial?

Mis abuelos me enseñaron a mirar el cielo estrellado y me indicaban dónde estaba la llamada ‘Cruz del Sur’.

¿Algo más?

Ir a la chacra, enterrar la papa vieja, acompañar a mi abuela a la ceremonia del tocosh.

Eso te habría convertido en una contadora de historias en tu colegio.

No podía. Mis compañeras contaban que la pasaban en Punta Negra o que fueron al Club Regatas, ja, ja.

¿A nadie le narrabas tus aventuras?

No había quien me inspirara confianza.

¿Por qué escribes?

Para no morirme en vida.

¿Qué es Huasta?

Es un claroscuro. Donde se prendió la luz del amor familiar, pero donde también existen deudas del Estado con las zonas rurales.

¿La casa sigue en pie?

Existe, y mi familia materna la quiere vender. Deseo comprarla para hacer un centro cultural. Este poemario es mi conjuro para que eso suceda.

Muchas gracias.

A ustedes.

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