(Difusión)
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Ezio Neyra ha transitado por algunos espacios del Estado cultural peruano. Fue jefe institucional de la Biblioteca Nacional del Perú y estuvo al frente de la Dirección del Libro y la Lectura del Ministerio de Cultura. Hoy vive en Santiago de Chile, donde dirige el Departamento de Literatura y es director académico del Diplomado en Cultura Escrita y Formación de Lectores en la Universidad Adolfo Ibáñez.

Ese recorrido profesional y vital alimenta su más reciente publicación, “El informe. Pequeña novela burocrática” (Pesopluma, 2025). A través de Felipe Documet, un especialista que vuelve al país luego de más de dos décadas en Estados Unidos, la novela retrata la soledad, la precariedad y la deshumanización que se esconden tras memorandos, trámites interminables y oficinas en ruinas del Estado.

Este martes 27 de enero, a las 7;30 p.m., el autor participará en un conversatorio sobre su obra en Espacio Secundario (Calle Delucchi 320, Barranco).

¿En qué momento sentiste que la historia debía asumirse plenamente como ficción y no como autoficción, sobre todo, porque tú has trabajado en el Estado?

Para empezar, todo es ficción. Desde el inicio tuve claro que no quería escribir una novela autobiográfica. Por eso decidí situarla en el Ministerio de la Producción, específicamente en el sector pesquería, un ámbito que me resultaba ajeno. En algún momento el personaje recuerda que lo único que sabía de la pesca era que había ido a pescar a Barranco, y eso ya marca una distancia. Elegir ese espacio fue una manera consciente de alejarme de la autoficción.

¿Esa elección también tiene que ver con tu experiencia previa como director de la Biblioteca Nacional y con la necesidad de tomar distancia de tu propia trayectoria?

Totalmente. Como sabes, los libros pasan por muchas versiones. En las primeras, el escenario era el sector Cultura, pero pronto me di cuenta de que el texto se volvía demasiado autorreferencial y cercano a mi experiencia. Cambiar de entorno fue un reto, pero también una forma de reforzar el absurdo de la vida burocrática y del Estado peruano. Además, me obligó a buscar el tono adecuado y a construir un espacio que realmente me resultaba ajeno.

Aun así, aunque uno no escriba desde la experiencia directa, siempre algo del autor se filtra en la escritura.

Sí, inevitablemente. No es autoficción, pero claro que se cuelan rasgos míos: formas de pensar o de mirar el mundo. Eso siempre ocurre, incluso cuando uno intenta alejarse de lo personal.

Algo que me llamó mucho la atención es la figura de la madre enferma de Felipe, que funciona casi como un espejo del Estado. ¿Por qué darle ese peso simbólico?

Me interesa mucho esa lectura. Quise que hubiera un eco entre distintos niveles de la novela. No solo el Estado como institución fallida, sino también una relación íntima fallida. La relación entre Felipe y su madre es una relación rota, como si hubiera dos maternajes que fallan: el del Estado y el de la madre. Y Felipe vuelve al Perú por ella. Esa es la razón profunda de su regreso, aunque él mismo no lo admita del todo.

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En contraste, Roberto, el amigo que llevó a Felipe a trabajar al Ministerio de Producción, representa a un tipo muy reconocible dentro de la burocracia. ¿Te interesaba retratar la burocracia como un problema político concreto o como una condición existencial?

Creo que ambas cosas. Empecé a escribir la novela en 2018, justo después de dejar el Ministerio de Cultura, y había un deseo de mostrar ese mundo a lectores que no lo conocen. Roberto es el típico funcionario todoterreno, alguien que no se define por su especialización, sino por su capacidad de moverse dentro del Estado. Pero también me interesaba que la novela planteara preguntas existenciales: cómo alguien termina en un lugar así, qué significa eso para su vida, por qué han pasado diez años sin ver a su madre y aun así no puede acercarse a ella.

La novela te tomó varios años. En ese proceso, ¿cuánto decidiste dejar fuera de tu experiencia personal?

Al comienzo había un deseo de catarsis, incluso de venganza simbólica. Conocí personas estupendas en el Estado, pero también personas miserables. Sin embargo, con el tiempo entendí que la novela debía responderse a sí misma, no a mis ganas de ajustar cuentas. Por eso fui dejando de lado muchas cosas y alejándome cada vez más de mi experiencia directa, hasta ficcionar por completo.

También decidiste pasar de la primera a la tercera persona.

Sí, fue clave. La tercera persona me dio distancia y libertad. En primera persona todo sonaba demasiado cercano y artificial. Con la tercera persona pude trabajar mejor el mundo interior de Felipe sin que pareciera confesional.

¿Dirías que esta novela es una forma de resistencia frente a la burocracia?

Creo que la literatura siempre es un acto de resistencia, hoy más que nunca, en un mundo dominado por la inmediatez. Escribir durante años y leer con atención ya es contracultural. Pero, además, la literatura permite nombrar zonas opacas del poder, como el Estado. El informe que nunca se termina es también una metáfora de eso: de un lenguaje que no resuelve nada, pero que sigue produciéndose.

Además, también se da a entender que Felipe podría estar naciendo como escritor.

Es una hipótesis interesante. Yo no la pensé así al escribir, pero ahora me parece posible. Felipe no quiere ser escritor, pero en ese gesto final de sentarse a escribir, aun sabiendo que nadie leerá el informe final, hay algo que se activa.

¿Has recibido críticas de los funcionarios después de publicar la novela?

He recibido comentarios de funcionarios que han leído la novela, y en general reconocen muchos de los absurdos y dificultades que aparecen ahí. Creo que el tiempo que pasé en el Estado ayudó a construir esa verosimilitud.

Tu novela también habla del regreso al país.

Sí, me interesaba mucho la idea de la disonancia del retorno: ese choque emocional y cultural que se produce cuando uno vuelve después de muchos años. Felipe es un personaje desperuanizado, y eso se nota en su lenguaje, en su forma de trabajar y en cómo los demás se burlan de él. Esa aculturación es clave para entender su conflicto con el entorno laboral y con el país al que regresa.

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