
PERUANO QUE DEJA HUELLA. A los 82 años, Favio Jiménez sigue haciendo lo mismo que aprendió cuando era niño: pintar. Lo hace con la paciencia de quien ha vivido mucho y con la misma emoción de aquel niño de 6 años que descubrió que el color podía ser un refugio. Desde entonces no se ha detenido.
Han pasado más de cinco décadas y sus manos continúan dando forma a rostros, familias y paisajes.
Su aprendizaje fue temprano y silencioso
En el colegio no solo dibujaba; también se ganaba la vida resolviendo exámenes de matemáticas para otros alumnos. “Así me ayudaba a salir adelante. Felizmente nunca me ampayaron”, recuerda entre risas.
Ese ingenio juvenil fue su primera forma de subsistir y, con los años, se transformó en clases particulares que aún dicta. Enseña matemáticas y también pintura, porque para él el conocimiento no se guarda. “Si puedo enseñar, enseño. Todo suma. Incluso, he enseñado pintura a tres generaciones de una sola familia”, revela.

El arte no se jubila
Hace más de 50 años que pinta cuadros por encargo. Retrata a familias completas, parejas, mascotas y escenas que alguien quiere conservar para siempre. El encargo más grande que ha tenido fue un retrato de 30 personas de una familia.
Favio trabaja con lo justo. Apenas una docena de brochas le basta para hacer magia. “Pintar no es una cuestión de riqueza, sino de técnica, amor, paciencia y años… muchos años”, se ríe, mostrando sus pinceles gastados. Prefiere pintar al óleo sobre tela, técnica que domina desde hace décadas.

“El óleo mejora la textura y el color; se ve más natural. Otras pinturas no tienen la misma vida”, afirma.
Su esposa fue su mayor inspiración. “Ella siempre me decía que no deje de pintar, que eso me desconectaba del mundo. A ella le debo todo esto, mi vida es un milagro”, dice con una sonrisa que se apaga y vuelve.
La recuerda en cada trazo, en cada cuadro terminado. Pintar, para Favio, también ha sido una manera de acompañar la ausencia y seguir conversando con quien ya no está.

Entre todas las historias que ha pintado, hay una que nunca olvidó. Una madre llegó a pedirle que retratara a su hijo, un suboficial acusado de traición a la patria y ejecutado. Nadie quiso aceptar el encargo.
“La señora fue donde varios pintores y todos le dijeron que no. Al final vino a mí”, recuerda.
Hoy vende sus cuadros en un puesto del Mercado El Parral, en Comas. Por las tardes sale rumbo a la avenida Túpac Amaru con sus óleos bajo el brazo.

Algunos días vende, otros no. “Aunque no venda nada, yo salgo todos los días a distintos puntos de la avenida. A veces me encargan cuadros y otras me piden restaurar pinturas antiguas”, cuenta. Porque para don Favio pintar no es un oficio: es una forma de seguir vivo.
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